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Revolución #104, 14 de octubre de 2007


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¿Por qué está creciendo el fundamentalismo religioso en el mundo actual—y cuál es la verdadera alternativa?

 

De la Redacción: En el último número publicamos un pasaje del libro de Bob Avakian ¡ABAJO CON TODOS LOS DIOSES! Desencadenar la mente y transformar radicalmente el mundo (que la editorial Insight Press publicará en la primavera). En este número estamos publicando otro pasaje. Aunque el libro todavía no se ha publicado —y lo que publicamos aquí no es necesariamente la última versión de esta parte del libro—, en vista de lo importante y muy pertinente que es el tema hoy, Revolución ha recibido permiso, del autor y de Insight Press, para publicar este pasaje. (Las notas de pie son parte del [borrador del] texto del libro).

Entre los factores distintivos de la situación actual están los saltos que se están dando en la globalización, vinculados a un proceso acelerado de acumulación capitalista en un mundo dominado por el sistema capitalista-imperialista. Esto ha llevado a cambios importantes, a menudo dramáticos, en la vida de enormes cantidades de personas, que con frecuencia debilitan las relaciones y costumbres tradicionales. Aquí me enfocaré en los efectos de esto en el tercer mundo —los países de África, Latinoamérica, Asia y el Medio Oriente— y cómo eso ha contribuido al actual crecimiento del fundamentalismo religioso en esas regiones.

Por todo el tercer mundo, cada año desplazan a millones de personas del campo, donde han vivido y a duras penas ganado la vida en condiciones sumamente opresivas, pero donde ahora ni siquiera pueden hacer eso: se encuentran desplazadas a las zonas urbanas, especialmente a las barriadas, que crecen descontroladamente, cinturón tras cinturón que rodean los centros urbanos. Por primera vez en la historia, hoy la mitad de la población del mundo vive en las zonas urbanas, especialmente en esas enormes y crecientes barriadas.

Desarraigadas de sus condiciones tradicionales —y de las formas tradicionales con las que las han explotado y oprimido—, se encuentran arrojadas a una existencia sumamente insegura e inestable, en que no se las puede integrar, de una “manera articulada”, al tejido de la estructura económica y social y del funcionamiento de la sociedad. En muchos países del tercer mundo, la mayoría de los habitantes de las zonas urbanas trabajan en la economía informal—por ejemplo, como vendedores ambulantes o comerciantes en pequeña escala, de varios tipos, o en las actividades clandestinas e ilegales. En gran medida debido a eso, mucha gente está acudiendo al fundamentalismo religioso en busca de una ancla en medio de todo el desplazamiento y trastorno.

Otro factor en todo esto es que, en el tercer mundo, estos cambios y desplazamientos enormes y veloces se están dando en el contexto de la dominación y explotación por los imperialistas extranjeros—y que esto está asociado con las clases dominantes “locales”, que dependen económica y políticamente del imperialismo y están subordinadas a él, y que para muchos son agentes corruptos de una potencia extranjera que fomentan la “cultura decadente del Occidente”. Esto, a corto plazo, puede fortalecer a las fuerzas fundamentalistas religiosas y a los líderes que encajan la oposición a la “corrupción” y la “decadencia occidental” de las clases dominantes locales, y a los imperialistas a los cuales están sometidos, en términos de regresar, e imponer con venganza, a las relaciones, costumbres, ideas y valores tradicionales, que a su vez tienen sus orígenes en el pasado y representan una forma extrema de explotación y opresión.

Donde el islam es la religión dominante —en el Medio Oriente pero también en otros países como Indonesia— se ve el crecimiento del fundamentalismo islámico. En gran parte de Latinoamérica, donde el cristianismo, especialmente en la forma del catolicismo, ha sido la religión dominante, el crecimiento del fundamentalismo se caracteriza por una situación en la que una gran cantidad de personas, especialmente los pobres, que han llegado a creer que la iglesia católica los ha fallado, se ven atraídos por varias formas del fundamentalismo protestante, como el pentecostalismo, que combina formas de fanatismo religioso con retórica que dice que habla en nombre de los pobres y oprimidos. En partes de África también, en particular en las masas apiñadas en las barriadas, se ve el fenómeno del crecimiento del fundamentalismo cristiano, como el pentecostalismo, de la misma manera que el fundamentalismo islámico es un fenómeno en crecimiento en otras partes de África.1

Pero el crecimiento del fundamentalismo también se debe a grandes cambios políticos, y a las medidas y acciones conscientes de parte de los imperialistas en la esfera política, que han tenido un impacto profundo en la situación en muchos países del tercer mundo, entre ellos los del Medio Oriente. Una dimensión clave de esto es que es muy importante no descartar o restarle importancia al impacto de los sucesos en China desde la muerte de Mao Tsetung y el cambio total en ese país, de uno que avanzaba por el camino del socialismo a uno en el que se ha restaurado el capitalismo, y donde la orientación de fomentar y apoyar la revolución, en China y por todo el mundo, ha sido reemplazada por una orientación de buscar una posición más fuerte para China en el marco de la política de relaciones de poder mundiales dominadas por el imperialismo. Esto, a corto plazo, ha tenido la profunda consecuencia —profundamente negativa— de socavar el sentido en muchos oprimidos, por todo el mundo, de que la revolución socialista les ofreció la salida de la miseria y ha sido más favorable para los, y en particular los fundamentalistas religiosos, que buscan cohesionar a la gente en torno a algo que en ciertos aspectos se opone a la potencia opresiva dominante del mundo pero que en sí representa una cosmovisión y un programa reaccionarios.

Este fenómeno se refleja en los comentarios de un “experto en terrorismo” que dijo de ciertas personas acusadas hace poco de terrorismo en Inglaterra que, hace una generación, hubieran sido maoístas. Bueno, a pesar de que las metas y estrategia, y las tácticas, de los auténticos maoístas —los que se guían por la ideología comunista— son radicalmente diferentes de las de los fundamentalistas religiosos, y de que los comunistas rechazan, en principio, el terrorismo como método y enfoque, hay algo cierto e importante en lo que dice este “experto en terrorismo”: hace una generación muchos de esos mismos jóvenes y otros que, por el momento, se encuentran atraídos por el fundamentalismo islámico y otras formas de fundamentalismo religioso, se hubieran encontrado atraídos por el polo radicalmente diferente y revolucionario del comunismo. Y este fenómeno cobró más fuerza con el derrumbamiento de la Unión Soviética y el “campo socialista” que encabezó. En realidad, la Unión Soviética dejó de ser socialista a mediados de los años 50, cuando los revisionistas (comunistas de nombre pero capitalistas en realidad) tomaron el poder y empezaron a dirigir el país de acuerdo con los principios capitalistas (pero en la forma de capitalismo de estado con un camuflaje “socialista”). En la década pasada, los dirigentes de la Unión Soviética empezaron a deshacerse abiertamente del socialismo, y luego la Unión Soviética misma dejó de existir, y Rusia y los demás países que eran parte del “campo” soviético dejaron de fingir que eran “socialistas”.

Todo esto —y, en relación con ello, una ofensiva ideológica implacable de parte de los imperialistas y sus lacayos intelectuales— ha resultado en la idea, propagada y transmitida ampliamente, de la derrota y el decaimiento del comunismo y, por el momento, al desprestigio del comunismo entre amplios sectores populares, inclusive entre quienes buscan inquietos una manera de luchar contra la dominación, opresión y degradación imperialistas. 2

Pero no es solamente el comunismo que los imperialistas se han esforzado por derrotar y desprestigiar. También han atacado a otras fuerzas y gobiernos laicos que, hasta cierto punto, se han opuesto, o han representado obstáculos objetivos, a los intereses y metas de los imperialistas, en particular en las regiones del mundo que estos consideran de importancia estratégica. Por ejemplo, en los años 50, Estados Unidos fraguó un golpe de estado que tumbó al gobierno nacionalista de Mohammad Mossadegh en Irán, porque vio las medidas de ese gobierno como una amenaza al control del petróleo iraní por Estados Unidos (y en segundo plano por Inglaterra) y a la dominación estadounidense de la región más ampliamente. Eso ha tenido repercusiones y consecuencias durante décadas. Entre otras cosas, contribuyó al crecimiento del fundamentalismo islámico y con el tiempo al establecimiento de una República Islámica en Irán, cuando los fundamentalistas islámicos conquistaron el poder en medio de una oleada de lucha del pueblo iraní a finales de los años 70, que resultó en el derrocamiento del gobierno sumamente represivo del sha de Irán, que Estados Unidos apuntalaba y de hecho mantenía en el poder desde el golpe de estado contra Mossadegh.3

En otras partes del Medio Oriente, y otros lugares, durante las últimas décadas los imperialistas se han dedicado conscientemente a derrotar y diezmar incluso a la oposición nacionalista laica; y, de hecho, a veces han contribuido conscientemente al crecimiento de fuerzas fundamentalistas religiosas. Palestina es un claro ejemplo de esto: ahí las fuerzas fundamentalistas islámicas recibieron apoyo de Israel  —y los imperialistas estadounidenses, para quienes Israel es una plaza fuerte armada— para socavar a la Organización para la Liberación de Palestina, un grupo por lo general laico. En Afganistán, especialmente durante la ocupación soviética de los años 80, Estados Unidos apoyó y armó a los muyajadines fundamentalistas islámicos, porque reconoció que serían luchadores fanáticos contra los soviéticos. Otras fuerzas, no solo los nacionalistas laicos sino también los maoístas, se opusieron a la ocupación soviética y al gobierno títere que instaló en Afganistán, pero Estados Unidos no les dio su apoyo, especialmente a los maoístas, muchos de quienes murieron a manos de los fundamentalistas islámicos “yijadistas” que Estados Unidos apoyaba y armaba.

En Egipto, en los años 50, hubo todo el fenómeno del líder popular nacionalista Gamal Abdel Nasser, y del “nasserismo”, una forma de nacionalismo árabe que no se limitaba a Egipto y cuya influencia llegó a muchas partes después de que Nasser tomó las riendas del poder estatal en Egipto. En 1956 hubo una crisis cuando Nasser impuso más control sobre el canal de Suez; e Israel, junto con Francia e Inglaterra —que todavía no se habían resignado a haber perdido sus grandes imperios coloniales— se opusieron a Nasser. Bueno, un ejemplo de la complejidad de la situación es que en esa “crisis de Suez” Estados Unidos se opuso a Israel, Francia e Inglaterra. El motivo estadounidense no era apoyar al nacionalismo árabe ni a Nasser en particular, sino seguir reemplazando a los imperialistas europeos que habían colonizado esa región del mundo. Para examinar brevemente los antecedentes de esto, después de la I Guerra Mundial, con la derrota del viejo imperio otomano, basado en Turquía, Francia e Inglaterra dividieron fundamentalmente el Medio Oriente entre sí—unas regiones fueron a la esfera de influencia francesa, como colonias francesas en lo fundamental, y otras regiones al control inglés. Pero después de la II Guerra Mundial —en la que Japón, Alemania e Italia sufrieron derrotas arrolladoras, Francia e Inglaterra resultaron debilitados, y Estados Unidos se fortaleció enormemente— Estados Unidos se comprometió a forjar un nuevo orden en el mundo y, como parte de esto, a imponer en el tercer mundo, en lugar de los colonialistas de la vieja guardia, una nueva forma de colonialismo (necolonialismo) por medio del cual Estados Unidos tendría control efectivo de los países y su estructura política y vida económica, aunque estos sean formalmente independientes. Y, como parte de esto, obligó a Israel a encajarse en relación con la dominación estadounidense del Medio Oriente, ya forjada en lo general y reafirmada agresivamente.

Pero, como resultado de su posición ante lo que se llamó la “crisis de Suez”, y como consecuencia de otras medidas nacionalistas, Nasser y el “nasserismo” adquirieron muchos seguidores en los países árabes en particular. Ante esta situación, Estados Unidos, aunque no buscó tumbar a Nasser, obró por minar al nasserismo y a las fuerzas laicas en general  —inclusive, claramente, las fuerzas comunistas— que se oponían o eran un estorbo para el imperialismo estadounidense. Y, especialmente después de la guerra de 1967, a través de la cual Israel derrotó a los estados árabes que lo rodean y se apoderó de más territorio palestino (que ahora son conocidos como “los territorios ocupados”, fuera del estado de Israel que en sí está en tierra robada a los palestinos), Israel ha recibido el firme apoyo del imperialismo estadounidense y ha sido una fuerza en aras de sus intereses.

La derrota a manos de Israel en la guerra de 1967 contribuyó en gran medida a la decadencia de Nasser y el nasserismo —y de otros líderes y tendencias parecidos y más o menos laicos— entre los pueblos del Medio Oriente; cuando murió en 1970, Nasser ya había perdido gran parte de su lustre ante los ojos de las masas árabes.

Otra vez, aquí vemos otra dimensión de la complejidad de las cosas. Las derrotas prácticas y el fracaso de Nasser efectivamente socavaron, a los ojos de cada vez más personas, la legitimidad o viabilidad de lo que Nasser representaba ideológicamente. Ahora bien, el hecho es que el “nasserismo” y las tendencias ideológicas y políticas parecidas, no representan y no pueden conducir a una ruptura completa con la dominación imperialista y todas las formas de opresión y explotación del pueblo. Pero esto es algo que hay que establecer, y que lo establece en los hechos, un análisis científico de lo que esas ideologías y programas representan, y de lo que proponen y son capaces de lograr; no lo demuestra el hecho de que, en ciertos casos particulares o aun por cierto tiempo limitado, los dirigentes que personifican y buscan poner en práctica tales ideologías y programas sufren reveses y derrotas. En la manera en que las masas de los países árabes (y otros) respondieron a los reveses y derrotas, de parte de Nasser y quienes más o menos representaban la misma ideología y programa, había un elemento claro de pragmatismo: la idea de que, inclusive a corto plazo, lo que prevalece es cierto y bueno, y lo que sufre pérdidas es defectuoso y desacreditado. Y, por supuesto, una tendencia espontánea al pragmatismo, entre las masas populares, ha sido reforzada por los veredictos pronunciados por los imperialistas y otros reaccionarios—no solo, por supuesto, con respecto a las fuerzas laicas como Nasser sino, aún más, con respecto a los comunistas y el comunismo, que representan una oposición mucho más fundamental al imperialismo y a la reacción.

Durante las últimas décadas, y a lo mínimo hasta muy recientemente, Estados Unidos e Israel se han esforzado por debilitar a las fuerzas laicas entre los que se les oponen en el Medio Oriente (y otras partes) y han favorecido, o por lo menos objetivamente han promovido, el crecimiento de las fuerzas fundamentalistas islámicas. Durante la “guerra fría”, lo hicieron, en alto grado, en respuesta a una creencia de que había mucho menos probabilidad de que esos fundamentalistas islámicos se aliaran con el campo soviético. Y, en no poca medida, la decisión de favorecer a los fundamentalistas religiosos en vez de las fuerzas laicas la ha motivado el reconocimiento de la esencia intrínsecamente conservadora, y en realidad reaccionaria, del fundamentalismo religioso, y el hecho de que, en gran medida, puede ser para los imperialistas (e Israel), un complemento ideal que los resalta como fuerzas democráticas a favor del progreso.

Bueno, una de las ironías de toda esta experiencia es que Nasser, y otros jefes de estado nacionalistas árabes, reprimieron brutalmente no solo a la oposición fundamentalista islámica (como la Hermandad Musulmana en Egipto) sino también a los comunistas. Pero, con lo que ha sucedido en el escenario mundial, por así decirlo, en las últimas décadas —con lo que pasó en China y la Unión Soviética (como se dijo anteriormente) y el muy propagado veredicto de que representa la “derrota” del comunismo; la toma del poder en Irán por los fundamentalistas islámicos, tras la caída del sha de Irán a finales de los años 70; la resistencia a la ocupación soviética en Afganistán, que para finales de los años 80 obligó a los soviéticos a retirarse y contribuyó en gran medida a la caída de la Unión Soviética; y con los reveses y derrotas de los dirigentes más o menos laicos como Nasser (y recientemente de Saddam Hussein) en el Medio Oriente y en otras partes—, a corto plazo son los fundamentalistas islámicos, mucho más que los revolucionarios y los comunistas, los que han logrado reorganizarse y experimentar un crecimiento importante en cuanto a su influencia y fuerza organizada.

Otro ejemplo de toda esta trayectoria, de los años 50 hasta hoy —que pone de manifiesto, en términos muy duros y gráficos, lo que estoy recalcando aquí— es Indonesia. Durante los años 50 y 60 Indonesia tenía el tercer partido comunista del mundo (solo en la Unión Soviética y China había partidos comunistas más grandes). El Partido Comunista de Indonesia tenía una enorme cantidad de seguidores entre los pobres de las zonas urbanas (donde las barriadas, en la ciudad de Jakarta y otras ciudades, eran legendarias, en el sentido negativo) tanto como entre los campesinos, sectores de los intelectuales y aun entre las capas burguesas nacionalistas. Desafortunadamente, el Partido Comunista de Indonesia también tenía una línea muy ecléctica –una mezcla de comunismo y revisionismo, de buscar el cambio revolucionario pero también tratar de trabajar con el sistema parlamentario en el marco de las estructuras gubernamentales establecidas.

En ese entonces, el líder nacionalista Achmed Sukarno encabezaba el gobierno. En los años 70, durante una visita a China, tuve la oportunidad de entender eso más a fondo. Unos miembros del Partido Comunista de China hablaron de la experiencia del Partido Comunista de Indonesia, y específicamente dijeron: Discutíamos con el camarada Aidit (el líder del Partido Comunista de Indonesia durante el gobierno de Sukarno); le advertíamos de lo que podría pasar como consecuencia de tener un pie en el comunismo y la revolución y el otro en el reformismo y el revisionismo. Pero el Partido Comunista de Indonesia persistió en seguir ese mismo camino, el del eclecticismo; y en 1965 Estados Unidos, por medio de la CIA, que trabajaba con las fuerzas armadas indonesias y un importante general, Suharto, llevó a cabo un golpe de estado sangriento y masacró a centenares de miles de comunistas indonesios, y otros, destruyó completamente al Partido Comunista de Indonesia, y reemplazó a Sukarno como jefe de estado con Suharto.

Durante ese golpe de estado, los ríos alrededor de Jakarta estaban atascados de los cadáveres de las víctimas: los reaccionarios mataban a los comunistas o a los presuntos comunistas y tiraban enormes cantidades de cadáveres a los ríos. Y, en un fenómeno que ha llegado a ser familiar, una vez que iniciaron y dieron ese golpe —que la CIA dirigió, organizó y tramó—, mucha gente que tenía disputas y enemistades personales o familiares acusaba a otros de ser comunistas y los delataba a las autoridades, y como consecuencia muchas personas que no eran comunistas murieron en las masacres, junto con muchas que sí eran comunistas. Una vez que los imperialistas y reaccionarios desataron esa orgía de sangre, fomentó y dio ímpetu a una especie de sed de venganza. La CIA se jactaba descaradamente de no solo haber organizado y orquestado el golpe sino también de haber singularizado a varios miles de dirigentes comunistas y de haberlos eliminado, en medio de la masacre de centenares de miles.

El problema fundamental con la estrategia del Partido Comunista de Indonesia era que la naturaleza del estado —y en particular de las fuerzas armadas— no había cambiado: el parlamento constaba en gran medida de nacionalistas y comunistas, pero el estado todavía estaba en manos de las clases reaccionarias; y como nunca les habían arrebatado el control del estado, y no habían aplastado ni desmantelado al viejo aparato estatal por medio del cual mantenían control, Suharto y las demás fuerzas reaccionarias podían, junto con la CIA y bajo dirección de ella, dar ese golpe de estado sangriento con todas las consecuencias horrorosas.

Respecto a esto, otra anécdota que me contaron los militantes del Partido Comunista de China es muy diciente y penosa. Me dijeron que Sukarno tenía un cetro que llevaba consigo, y los funcionarios chinos que se reunían con él le preguntaban: “¿Qué es ese cetro que lleva con usted?”. Y Sukarno les contestaba: “Este cetro representa el poder estatal”. Bueno, esos camaradas chinos resumieron: “Sukarno todavía tiene el cetro, lo dejaron con él, pero no tiene el poder estatal”.

Acabaron casi totalmente con el Partido Comunista de Indonesia físicamente —exterminaron a casi todos los militantes y solo dejaron unos pocos por aquí y por allá—, y le dieron un golpe devastador del cual nunca se ha recuperado. Y el diezmamiento no solo ocurrió en el sentido físico sino que también se expresó en la forma de una derrota ideológica y política, la desorientación y la desmoralización. Durante las décadas subsiguientes, ¿qué ha pasado en Indonesia? Uno de los sucesos más destacados es el enorme crecimiento del fundamentalismo islámico en Indonesia. Acabaron con la alternativa comunista. En su lugar —en parte fomentado conscientemente por los imperialistas y las demás fuerzas reaccionarias, pero en parte cobrando fuerza de su propio momento en un contexto donde había destruido a una poderosa oposición laica y, a lo mínimo en nombre, comunista—, el fundamentalismo islámico llenó el vacío dejado por la falta de una auténtica alternativa al gobierno sumamente opresivo de Suharto y sus compinches instalados y mantenidos en el poder durante décadas por Estados Unidos.4

Todo esto —lo que ha ocurrido en Indonesia, tanto como en Egipto, Palestina y otras partes del Medio Oriente— es una dimensión política que combinó con los factores económicos y sociales mencionados arriba —los trastornos, la volatilidad y los cambios rápidos impuestos desde arriba y que parecen tener fuentes desconocidas y/o de potencias extranjeras— para minar y debilitar a las fuerzas laicas, como los revolucionarios y comunistas auténticos, y fortalecer al fundamentalismo islámico (de una manera parecida el fundamentalismo cristiano ha estado cobrando fuerza en Latinoamérica y partes de África).

No cabe duda de que este es un fenómeno sumamente importante. Es un aspecto muy importante de la realidad objetiva que la gente por todo el mundo que busca hacer un cambio progresista —y aún más los que se esfuerzan por hacer un cambio auténticamente radical guiados por un punto de vista revolucionario y comunista— tiene que confrontar y transformar. Y para hacer esto, es necesario, primero, captar y entender esa realidad, en vez de quedarse en una peligrosa ignorancia o adoptar una orientación terca de no hacerla caso. Es necesario, y en realidad crucial, examinar a fondo este fenómeno y sus varias manifestaciones, para captar más profundamente las dinámicas subyacentes y motrices —las contradicciones fundamentales y las expresiones distintivas de las contradicciones fundamentales y esenciales, a nivel mundial y en los países y las regiones individuales— de las cuales este fundamentalismo religioso es una expresión, y cómo, sobre la base de ese conocimiento más profundo, se puede forjar un movimiento que pueda desviar a las masas populares de eso y atraerlas hacia algo que ofrece una auténtica posibilidad de plasmar en realidad un mundo radicalmente diferente y mucho mejor.

Rechazar la “arrogancia petulante de la Ilustración”

Hay una clara tendencia entre los que son “gente de la Ilustración”, por así decirlo —entre ellos, hay que decirlo, hay unos comunistas— de caer en lo que viene a ser una actitud de arrogancia petulante hacia el fundamentalismo religioso y la religión en general. Ya que parece tan ridículo, y difícil de entender, que estando en el siglo 21 pueda haber gente que se aferre a la religión y en realidad se adhiera, en una manera fanática y absolutista, a dogmas e ideas que claramente carecen de fundamento en la realidad, es fácil descartar todo ese fenómeno y no reconocer, o no abordar correctamente, el hecho de que en realidad muchas masas lo toman muy en serio. Entre ellas figura más de un puñado de personas de los sectores más abajo y más a lo hondo del proletariado y demás oprimidos que tienen que ser la base y los cimientos —y una fuerza motriz— de la revolución que realmente puede conducir a la emancipación.

Es una forma de desdén hacia las masas no tomar en serio la profunda creencia que muchas tienen en la religión, y en particular en el fundamentalismo religioso de una u otra clase, tanto como ir a la zaga del hecho de que muchas de ellas creen en esas cosas y no bregar con ellas para que la abandonen es también en realidad una expresión de desdén hacia ellas. El dominio que ejerce la religión en las masas populares, inclusive en los más oprimidos, es una gran traba y obstáculo que impide movilizarlas a luchar por su propia emancipación y a ser emancipadores de toda la humanidad—y hay que entenderlo, y luchar contra ello con ese conocimiento, mientras que al mismo tiempo en un momento dado es necesario, posible y crucial, en la lucha contra la injusticia y opresión, unirse lo más ampliamente que sea posible con gente que todavía tiene creencias religiosas.

El crecimiento de la religión y el fundamentalismo religioso: Una expresión peculiar de una contradicción fundamental

Otra expresión extraña o peculiar de las contradicciones del mundo actual es que, por un lado, existe una tecnología altamente desarrollada y una técnica avanzada en los campos como la medicina y en otras esferas, como la informática (y, aun tomando en cuenta las grandes cantidades de personas en muchas partes del mundo, e incluso en los países “avanzados en tecnología”, no tienen acceso a esa tecnología avanzada, cada vez más gente sí tiene acceso a la internet y a grandes cantidades de información por medio de la internet, y de otras maneras), pero, por otro lado, se ve un enorme crecimiento de, y llamémoslo lo que es: ignorancia organizada, en la forma de la religión y el fundamentalismo religioso en particular. Esta contradicción no solo salta a la vista sino que parece peculiar: tanta tecnología e información, por un lado, y por el otro tanta ignorancia y creencia en, y tendencia a aferrarse a, la superstición oscurantista.

Bueno, además de analizar esto en términos de los factores económicos, sociales y políticos que lo han fomentado (a lo cual ya me he referido), otra manera aún más básica de entender esto es que es una expresión sumamente aguda en el mundo actual de la contradicción fundamental del capitalismo: la contradicción entre la producción altamente socializada y la apropiación privada (capitalista) de lo que se produce.

¿De dónde viene toda esta tecnología? ¿Sobre qué base se ha producido? Y hablando específicamente de la difusión de información, y la base sobre la cual la gente adquiere conocimientos, ¿en qué se basa? Toda la tecnología que existe —y, en realidad, toda la riqueza que se ha creado— la han producido en formas socializadas millones y millones de personas por medio de una red internacional de producción e intercambio; pero todo esto ocurre bajo el mando de un puñado relativo de capitalistas, quienes se apropian de la riqueza que se ha producido —y los conocimientos que se han producido también— y la utilizan en aras de sus propias metas.

¿De qué es esto un ejemplo? Ante todo, es una refutación de la “teoría de las fuerzas productivas”, que dice que cuanto más tecnología hay, más “progresismo” habrá, más o menos directamente en relación con esa tecnología—y, en su expresión “marxista”, dice que cuanto más se desarrolla la tecnología, más se acercará al socialismo o al comunismo. Bueno, miren lo que está pasando por todo el mundo. ¿Por qué no es cierto? Por un hecho muy fundamental: toda esta tecnología, todas las fuerzas de producción, “pasan por” y tienen que “pasar por” ciertas relaciones de producción definidas—solo se las puede desarrollar y utilizar si se incorporan al conjunto imperante de relaciones de producción en un momento dado. Y, a su vez, hay ciertas relaciones sociales y de clase que en sí son una expresión de las relaciones de producción imperantes (o que de todos modos corresponden a ellas en general); y hay una superestructura de política, ideología y cultura cuyo carácter esencial refleja y refuerza todas esas relaciones. Así que, no es cuestión de que las fuerzas productivas —con toda la tecnología y los conocimientos— existen en un vacío social y que se distribuyen y se utilizan de una manera divorciada de las relaciones de producción por medio de las cuales se desarrollan y se utilizan (y las relaciones sociales y de clase y la superestructura correspondientes). Esto ocurre, y solo se puede ocurrir, por medio de un conjunto de relaciones de producción, sociales y de clase u otro, con las correspondientes costumbres, culturas, maneras de pensar, instituciones políticas, etc.

En el mundo actual, dominado por el sistema capitalista-imperialista, esa tecnología y esos conocimientos “pasan por” las relaciones y superestructura capitalistas e imperialistas existentes; y una de las principales manifestaciones de esto es la extremadamente grotesca disparidad entre lo que se apropia un pequeño puñado —y una menor cantidad que se distribuye a amplios sectores de la población en unos países imperialistas, para estabilizarlos y aplacar y pacificar a unos sectores de la población que no son parte de la clase dominante— mientras que con respecto a la gran mayoría de la humanidad hay pobreza, sufrimiento e ignorancia increíbles. Y, junto con esta profunda disparidad, vemos esta contradicción extraña entre tanta tecnología y tantos conocimientos, por un lado, y una creencia tan fuerte en la superstición oscurantista, y una retirada a ella, en particular en la forma del fundamentalismo religioso—todo lo cual es de hecho una expresión de la contradicción fundamental del capitalismo.

Es sumamente importante entender este punto. Si, en vez de entenderlo así uno adopta un enfoque y método más lineal, sería fácil terminar diciendo: “No lo entiendo, hay tanta tecnología, tantos conocimientos, ¿pero por qué la gente es tan ignorante y por qué está tan sumida en la superstición?”. Una vez más, la respuesta —y es una respuesta que toca las relaciones más fundamentales del mundo— es que se debe a las relaciones de producción, sociales y de clase, las instituciones, estructuras y procesos políticos imperantes, y el resto de la superestructura—la cultura imperante, los modos de pensar, las costumbres, los hábitos, y así sucesivamente, los cuales corresponden al sistema de acumulación capitalista y lo refuerzan, en su expresión en la época en la que el capitalismo ha pasado a ser un sistema mundial de explotación y opresión.

Esta es otra perspectiva importante desde la cual hay que entender el fenómeno del fundamentalismo religioso. Cuando más crece esta disparidad, más se crea un semillero del fundamentalismo religioso y las tendencias relacionadas. Al mismo tiempo, y en contradicción aguda con esto, hay una base potencialmente más poderosa para la transformación revolucionaria. Todas las profundas disparidades del mundo —no solo de las condiciones de vida sino también del acceso al conocimiento— se pueden superar solo por medio de la revolución comunista, cuya meta es arrebatarle el control de la sociedad de los imperialistas y demás explotadores y avanzar, por medio de la iniciativa cada vez más consciente de mayores cantidades de personas, para lograr (según la formulación de Marx) la abolición de todas las diferencias de clase, todas las relaciones de producción en que estas descansan, de todas las relaciones sociales que acompañan esas relaciones de producción, y la revolucionarización de todas las ideas que surgen de esas relaciones sociales—para plasmar en la realidad, final y fundamentalmente a una escala mundial, una sociedad de seres humanos que se asocian libremente, que cooperan consciente y voluntariamente por el bien común, y también da cada vez más campo a la iniciativa y creatividad a todos los miembros de la sociedad.  

 


Notas

1 Por muchas de las mismas razones que he mencionado aquí, el fundamentalismo religioso ha cobrado fuerza en las últimas décadas en unos sectores de los pobres, oprimidos y marginados de Estados Unidos. En parte esto se debe a una estrategia consciente, de parte de poderosos sectores de la clase dominante estadounidense, cuyo propósito es fomentar el fundamentalismo entre las masas populares cuya situación clama por un cambio radical, y atraparlas en la ideología y programa político reaccionarios de que este fundamentalismo religioso es una expresión concentrada.

El crecimiento del fundamentalismo en una cantidad importante de personas de la categoría general de la “clase media” de Estados Unidos se debe en gran parte a otros factores, como: una buena cantidad de ansiedad provocada por una economía y una cultura que fomentan y proveen el consumo aparentemente sin fin sobre la base del crédito y la deuda expansivos; un sentido de volatilidad e inseguridad en la economía y en la sociedad en general; una sensación de haber perdido control incluso de sus propios hijos ante los cambios tecnológicos (la televisión de cable y satélite, internet, etc.); una sensación de haber perdido el “lugar” y la comunidad en una sociedad y cultura que produce atomización y fomenta un individualismo extremo. Pero es muy importante captar que, especialmente con respecto a la “clase media” de Estados Unidos, este fenómeno del crecimiento del fundamentalismo también es producto del parasitismo del imperialismo—del hecho de que el imperialismo estadounidense en particular es la potencia dominante del mundo, que se ceba de la superexplotación por todo el tercer mundo y no puede subsistir sin ella, y la gente que vive en Estados Unidos, especialmente de la “clase media”, está “muy alta en la cadena alimenticia” de los pueblos del mundo. Y es importante ver que la clase de fundamentalismo religioso que encuentra adeptos, especialmente en los suburbios y “exurbios” de Estados Unidos, se caracteriza por un sentido profundo del papel de Estados Unidos como “la nación elegida por Dios”, acompañado por una reafirmación agresiva del chovinismo estadounidense, tanto como de las relaciones y valores tradicionales que encarnan la supremacía blanca y masculina.

Este fenómeno del fundamentalismo, y en particular el fundamentalismo cristiano, en Estados Unidos será tema de otra parte de este libro. [Regresa]

2 Además de lo que se encuentra en varios de mis escritos y charlas sobre este tema, un análisis de ciertos aspectos importantes de la experiencia del socialismo en la Unión Soviética y en China, y respuestas a las calumnias y tergiversaciones de esa experiencia, los provee el proyecto Pongamos las Cosas en Claro. Esto, y más información sobre el proyecto, se pueden encontrar en el portal thisiscommunism.org. [Regresa]

3 Una fuente importante de información y análisis sobre estos sucesos en Irán y sus consecuencias es el libro ALL THE SHAH’S MEN, An American Coup and the Roots of Middle East Terror (TODOS LOS HOMBRES DEL SHA, Un golpe de estado estadounidense y las raíces del terror en el Medio Oriente), de Stephen Kinzer (John Wiley & Sons Publisher, 2003). [Regresa]

4 Además de oprimir salvajemente a los pueblos de Indonesia, el gobierno de Suharto llevó a cabo un reino de terror genocida en Timor del Este, y masacró a una gran parte de la población—y en esto también contó con el apoyo y la ayuda del imperialismo estadounidense, durante varias administraciones consecutivas, entre ellas la de Bill Clinton. [Regresa]

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