Revolución #214, 24 de octubre de 2010


“Ghetto Americano” escribe desde la cárcel:

Brutalidad policial, delincuencia y “opresión sistemática”

Nota de la redacción: Agradecemos muchísimo el haber recibido estas cartas de presos y alentamos a las y los presas/os a seguir enviándonos cartas. Los puntos de vista que se expresan en estas páginas son de los autores y no del periódico Revolución.

Estoy escribiéndoles en relación al “Día Nacional de Protesta para Parar la Brutalidad Policial, la Represión y la Criminalización de una Generación” para compartir mi experiencia personal y puntos de vista. No obstante, primero gracias tanto al Fondo [Fondo de Literatura Revolucionaria para Presas y Presos] como al Partido Comunista Revolucionario por tomar esa postura tan osada contra los enemigos de la verdadera libertad, igualdad y justicia. Gracias por proporcionarnos un camino a la única cosa que parece que nos hace falta a aquellos que hemos tenido la mala suerte de sufrir los aspectos duros y ásperos de este sistema: la esperanza.

Como un producto del barrio marginal “Ghetto Americano”, específicamente en ____, Carolina del Sur, he conocido íntimamente la desesperanza y la desesperación desde que pude contar las agujas hipodérmicas de mi mamá que encontraba guardadas en casa. Tristemente, yo era demasiado joven y muy ingenuo como para entender el pasmoso peso de la opresión sistemática que hacía que ella quisiera intercambiar su realidad, por difícil que fuera, por la clase de paz y felicidad que era inducida químicamente vía intravenosa. Por $30, mi madre flotaba por las nubes, dejando a mi pequeña hermana y a mí enfrentando a solos el mundo real.

Nos criaron principalmente nuestra abuela, la mujer más cariñosa y compasiva que he conocido, quien incondicionalmente creía en “el Señor” y en las bellas ilusiones con que se presenta Norteamérica. Para mí, no existía una mayor presencia en mi vida más que la de ella, así que imagínese el dolor, el choque y finalmente la rabia que experimenté a los 12 años al presenciar la brutalidad de un policía que echó a mi adorable abuela al piso de la cocina cuando entraban para detener a uno de sus hijos por violar su libertad condicional. Mi tío se puso a discutir, pues no quería ir a prisión; uno de los policías le pasó el brazo por el cuello apretándolo firmemente. Mi abuela que hasta ese momento había estado callada desde que entraron en la casa, de repente no pudo aguantar más. Tal vez lo hiciera porque a eso de un año antes habíamos estado en el entierro del tío de mi hermana el cual había sido golpeado a muerte por un policía. Ella se paró en frente de los policías que a la fuerza estaban sacando a mi tío hacia la puerta y les gritó: “¡Ustedes dejen ya de estrangular a ese muchacho!” De pronto la lanzaron al suelo y después, para colmo, la acusaron de algunos cargos falsos y tuvo que pasar una noche en prisión mientras que a nosotros nos llevaron apresuradamente a la casa de mi abuelo. Al día siguiente, después de que ella fuera liberada, lo único que ella dijo era: “Las chicas me trataron tan bien y se aseguraron de que estuviera bien”.

Mi abuela siempre me recalcaba la importancia de adquirir una buena educación y me decía que sabía que yo iba a ser el primero de la familia en recibir un diploma de la secundaria. Quiero decir que ella hablaba de ese diploma ¡como si fuera un grado de maestría! No fue hasta cuando era mayor que la consideré a ella como una persona y no sólo como mi abuela, que había crecido como una mujer negra en el sur durante los tumultuosos años de los 40 y 50, cuando la posibilidad de una “buena educación” parecía tan ilusoria que pilotear una nave espacial a Marte.

Por eso, cuando logré entrar a la escuela intermedia, mi abuela se aseguró de que fuera una “buena escuela”, una en la que hubiera la misma cantidad, si no más, de estudiantes blancos que negritos, tal como las escuelas habían sido para mí hasta ese momento. En mi primer año en esa escuela intermedia, en el sexto grado, una maestra que desde el principio me había tratado de manera vengativa y rencorosa, recomendó que me pusieran en una clase para los “emocionalmente discapacitados” y que me dieran medicina sicotrópica por el bipolarismo. Mi abuela, que solamente quería que siguieran aceptándome en esa escuela, rápidamente aceptó el trato.

De ahí en adelante, me pusieron en una clase donde permanecería durante los tres años de la escuela intermedia, una clase para jóvenes socialmente desadaptados y parias académicos, la que nosotros, los marginados y descartados, llegamos a disfrutar. Nos daban tareas fáciles y todos esperaban que nosotros actuáramos como tarados, así que con frecuencia así actuamos. Hubo un breve momento durante mi primer año de secundaria donde intenté estudiar en clases regulares como los demás, pero me representó un esfuerzo excesivo y pronto me asignaron de nuevo a los confines confortables de las clases especiales donde permanecí hasta que mi cansada abuela me sacó completamente de la escuela. Ella tuvo que ir conmigo a la junta escolar cada año desde el sexto grado para convencer a los directivos de la escuela a que dejaran volver a su nieto emocionalmente disfuncional a la escuela hasta que ella se cansó de eso. A los 16 años, oficialmente me convirtieron en un desertor escolar.

Ya que desarrollé tanta resistencia a ser educado, mi abuela reconoció que ya era hora de que yo saliera trabajar, o sea, obtuviera un trabajo real, con lo que yo estaba de acuerdo, no sólo porque yo vivía bajo su techo sino porque esto tenía sentido para mí. Entre los tres —ella, mi hermanita y yo—, el hogar carecía de un sostén porque nos manteníamos solamente del cheque de discapacidad de mi abuela y una precaria pensión alimenticia para menores del estado. Casi inmediatamente me contrataron como albañil en la construcción y empecé a pagarle a mi abuela $40 a la semana mientras gastaba el resto en ropa costosa y hierba. Mientras tanto mi hermana empezaba a causar tantos problemas en la escuela que la corte la mandó a un hogar sustituto de donde ella no tardó en escapar. Yo embaracé a una novia, y la abuela a diario iba perdiendo lentamente la esperanza ante mis ojos indiferentes.

Yo estaba contento con nuestra existencia disfuncional, o al menos la acepté. En torno a nosotros, parecía que lo mismo les sucedía a todos, con algunas excepciones aquí y allá pero esas eran casi invisibles. Pronto, fui abruptamente despedido del trabajo por razones desconocidas (pero probablemente porque el jefe o su hijo se enteraron de que yo estaba fumando hierba durante el descanso del lonche, una costumbre que se incrementaba en ese tiempo) y estando fuera del trabajo así como de la escuela a los 17 años, para mí, no era tan ideal como usted pensara. Me volví huraño y deprimido y me vi envuelto en confrontaciones menores con otros jóvenes del vecindario.

Un día a mi primo se le ocurrió un esquema de robar a alguien y de mala gana acepté participar. Sin embargo, durante el crimen, mi primo disparó y mató a la persona, y con mucha ceremonia, además de las humillaciones de mi abuela–, nos acusaron de homicidio y robo a mano armada bajo la entonces nueva ley acertadamente titulada: “Las manos de uno son las manos de todos”. Acepté sin juicio una sentencia de 28 años, mientras mi primo fue a juicio y recibió una sentencia de cadena perpetua más 30 años.

Las manos de uno son las manos de todos. Esta también es la acusación que repito contra mi país porque seguramente había más manos invisibles en el gatillo que mató a ese hombre. ¿Pienso yo que mi primo y yo estábamos equivocados? Indudablemente. PERO. También lo estaban los encargados de asegurar nuestro crecimiento y desarrollo apropiado como niños. Desde la edad de 12 años cuando me descartaron y me pusieron en una clase para discapacitados emocionales, hasta la ejecución de mi crimen,  a ciencia cierta mi sendero iba hacia la penitenciaria. Creo fuertemente ahora que si hubiera reconocido lo que tenía en frente, hubiera tenido alguna clase de preparación, hubiera estado mejor equipado para asumir los desafíos de la sociedad estadounidense, especialmente aquellos específicamente dirigidos contra nosotros los “Ghetto Americanos”.

Gracias por permitirme la oportunidad de ser escuchado y continúen haciendo el buen trabajo.

Atentamente, su hermano en la lucha.

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