El texto de un corto:

La destrucción del planeta por el capitalismo-imperialismo

del POR QUÉ NOS HACE FALTA UNA REVOLUCIÓN REAL Y
COMO CONCRETAMENTE PODEMOS HACER LA REVOLUCIÓN

Un discurso de Bob Avakian

El propio hecho de que el calentamiento global es una de las mayores razones por tener, hoy, más refugiados (65 millones) que en ningún otro período desde la Segunda Guerra Mundial, es un fuerte indicador de la severidad de la crisis climática, que se intensifica a un ritmo acelerado. La evidencia científica es contundente. Esta crisis climática representa una amenaza muy real y creciente a la civilización humana; y la actividad humana —en particular la producción y uso del petróleo y otros combustibles fósiles— es una causa importante de esta crisis que se intensifica. El deshielo acelerado de los casquetes polares de Antártida, la destrucción de vastas extensiones de selvas tropicales, la expoliación de otras partes esenciales de la tierra, como los mares, con terribles consecuencias para especies de plantas y animales que también son vitales para la existencia humana — pues todo esto sólo puede continuar, e incluso acelerar más, mientras la sociedad humana siga bajo la dominación del sistema capitalista-imperialista. A pesar de conferencias y acuerdos que dicen lidiar con esta crisis, pero los cuales están bajo la dominación de los países que son los mayores causantes de esta crisis; a pesar de planteamientos, e incluso algunos pasos, para desarrollar fuentes de energía como alternativas a los combustibles fósiles; a pesar de todo esto, la propia naturaleza del sistema capitalista-imperialista dicta que los capitalistas que se compitan entre sí, que controlen miles de millones de dólares de inversiones, y los gobiernos de las grandes potencias mundiales en particular, se vean impelidos a contender entre sí por mercados, mano de obra barata y materia prima, como combustibles fósiles, y por el control de regiones estratégicas del mundo. Esto conduce no sólo a conflictos económicos y políticos, sino a guerras repetidas, que en sí tienen un efecto devastador sobre el medio ambiente. Cabe notar que las fuerzas armadas estadounidenses son el mayor consumidor institucional de petróleo en el mundo.

Lo que empeora aún más la cosa es que este sistema ahora ha llevado al poder a un régimen fascista en Estados Unidos, que está decidido a triturar acuerdos y revocar reglas que establecen protecciones ambientales si bien menores aunque totalmente insuficientes, y a desencadenar fuerzas cuyo efecto sobre el medio ambiente, si se persiste en ellas, de hecho podría conducir a la destrucción de la civilización humana.

Obviamente, solamente contamos con una sola Tierra como un hogar para la humanidad, y únicamente se podría lidiar con esta crisis climática de manera fundamental y en última instancia a escala mundial. Pero se podría dar un primer gran paso, o salto, al arrebatarle el poder al sistema capitalista-imperialista en su baluarte más poderoso, y al convertir esto en una fuente de inspiración y una base de apoyo para la gente del mundo entero, que se levante para derrocar y abolir todos los sistemas y relaciones de explotación, opresión, saqueo y destrucción, del medio ambiente y de los seres humanos, los que sólo pueden seguir existiendo, y floreciendo, por medio de una interacción racional y planificada con el resto de la naturaleza.

De todo esto sobresale muy agudamente que vivimos en un mundo horriblemente desequilibrado — un mundo donde unas pocas docenas de multimillonarios poseen tanta riqueza como la mitad más pobre de la humanidad, y un número reducido de clases dominantes, en un número reducido de países, dominan, oprimen y controlan el destino de las masas de la humanidad, con consecuencias que ya son terribles y pronto podrían ser catastróficas. Y, en todo lo que he venido analizando —respecto al mundo en que vivimos, bajo la dominación del capitalismo-imperialismo— estamos viendo las consecuencias de un sistema basado en la apropiación privada, por centros de capital que se compiten entre sí, de la riqueza que se produce socialmente por medio de redes de producción en que participan inmensos números de personas —miles de millones, en última instancia— por todo el globo, obligadas a trabajar en las relaciones de producción y en las condiciones que los explotan y deshumanizan. No es simplemente la avaricia que impulsa a estos capitalistas a buscar incansablemente maneras para explotar despiadadamente a las personas — es el hecho de que, si no lo hacen, o si otros capitalistas lo hacen con más éxito (es decir, aún más despiadadamente), pues enfrentarán la posibilidad de no solamente quedar atrás sino, de hecho, de desaparecer, consumido por los otros tiburones capitalistas. Es la apropiación privada de la riqueza producida socialmente, y la anarquía —la competencia y contienda febril— que resultan de esto, lo que en última instancia subyace e impulsa a todos los horrores que se concentran en los “5 ALTOS” y las condiciones a las que están sometidas las masas de la humanidad.

La solución es reemplazar a este sistema de apropiación privada por un sistema donde la riqueza producida socialmente también se apropie socialmente (por un gobierno que representa de verdad a las masas de personas, en vez de una clase de explotadores capitalistas), y se use esta riqueza sobre la base de la planificación consciente, al servicio de los intereses y en beneficio de la gente de la sociedad, y, al final, el mundo entero. (Se explica cómo esto se puede hacer en la Constitución para la Nueva República Socialista en América del Norte). Esta es la diferencia fundamental entre la sociedad, y el mundo, que tenemos —con el sistema del capitalismo-imperialismo bajo el cual estamos obligados a vivir— y el mundo que podríamos tener. El puente entre estos dos mundos es la revolución, una revolución real. Seamos honestos: Este es un camino difícil. Pero no hay otra manera de por fin acabar con los horrores que este sistema continuamente produce. Y, por difícil que sea, es posible — con tal de que lo emprendamos de la manera correcta, con la visión y enfoque correcto, los objetivos y métodos correctos, la estrategia y plan correcto. Así que, en esto voy a adentrarme en el curso de este discurso.

Primero, volvamos a la pregunta crucial de qué significa en realidad una revolución. En el mero comienzo de CÓMO PODEMOS GANAR, esto se pone muy en claro: “Una revolución real no quiere decir trabajar para hacer unos cambios en este sistema — quiere decir derrocar este sistema y hacer nacer un sistema radicalmente diferente y mucho mejor”. “Radical” significa llegar a la raíz — arrancar de raíz al sistema antiguo y reemplazarlo por un sistema fundamentalmente diferente. Y lo que abre el camino para hacer esto es hacer añicos el dominio del capitalismo sobre la sociedad, derrotando y desmantelando sus instituciones, como la policía y las fuerzas armadas, que violentamente imponen el dominio de este sistema, y luego crear nuevas instituciones que sirvan a la transformación radical de la sociedad (y a la larga el mundo en conjunto).

Cómo se podría hacer esto es algo de lo que hablaré en la segunda parte de este discurso; aquí quiero subrayar que esto es completamente diferente a simplemente ganar algunas reformas bajo este sistema. Ciertas concesiones del gobierno ante la lucha contra la injusticia —por ejemplo, la legislación por los derechos civiles; DACA, que otorgó el estatus legal temporal a algunos inmigrantes traídos a Estados Unidos de niños; decisiones judiciales que establecían el derecho al aborto y al matrimonio gay— eran victorias ganadas con dura lucha, pero el problema es que son, y sólo pueden ser, victorias parciales, que lidian solamente con algunos aspectos de la opresión bajo este sistema, pero sin eliminar la opresión en general, o la fuente de esta opresión — la que es el propio sistema. Y aunque  se ganen tales victorias parciales, mientras este sistema siga en el poder, habrá fuerzas poderosas que se maniobrarán para atacar y socavar, y tratar de revocar, incluso estos triunfos parciales.

También es muy importante entender la diferencia entre la posibilidad de que ciertos individuos, o incluso un cierto sector de los oprimidos, mejoren sus condiciones (o que “se superen”) bajo este sistema, y la realidad de que, para las masas de los oprimidos, la única manera en que pueden escapar a sus condiciones de opresión es aboliendo el sistema que las mantiene en estas condiciones. Como es sabido, los gobernantes de este sistema y sus agentes políticos y portavoces mediáticos siempre subrayan las “historias de éxito” de las personas que han “subido” desde las filas de los pobres y oprimidos para hacerse ricas y famosas, o al menos ¡realizar el “sueño americano” de convertirse en clase media! Esto es parecido a ir a un casino, donde la mayor parte del tiempo la mayoría de los que juegan son aprovechados como bobos y se hunden cada vez más, mientras que cada vez que haya un ganador lo celebran con bombos y platillos, hasta con sirenas — para hacer creer a las personas que, si simplemente siguieran jugando, también podrían convertirse en “ganadores”.

Esto toca algo de gran importancia: la relación entre los individuos y la sociedad más amplia (y el mundo) del cual son una parte. Cada persona, por supuesto, existe como un individuo. Pero, al mismo tiempo, la sociedad más amplia (y el mundo) establece las condiciones en las cuales los individuos existen y funcionan, y forman sus puntos de vista y sus valores. Incluso las aspiraciones y “necesidades sentidas” de los individuos se forman de esa manera. Para citar un ejemplo sencillo, en 1970 nadie sentía la necesidad de estar continuamente conectada a su celular — porque aún no existían los teléfonos celulares. Pero una vez que las personas los tengan, se les dificulta mucho estar sin ellos, ¡como ya sabemos!

Es muy relevante aquí una formulación del fundador del comunismo, Carlos Marx — una formulación que ha llegado a conocerse como las “4 Todas”. Marx escribió que la revolución comunista requiere y abarca la abolición de todas las diferencias de clase entre las personas; la abolición de todas las relaciones de producción (las relaciones económicas) en las cuales esas diferencias de clase descansan; la abolición de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción; y la revolucionarización de todas las ideas que corresponden a esas relaciones sociales. Entre otros discernimientos importantes que se puede sacar de lo que Marx está diciendo aquí, es el entendimiento de que, una vez más, si bien las personas existen como individuos y su individualidad es importante y hay que darle el peso debido, en general son las relaciones económicas prevalecientes y las relaciones sociales e ideas correspondientes que, en un sentido fundamental y general, forman a los individuos y las aspiraciones individuales.

Las divisiones entre las personas en una sociedad como ésta —incluidas las divisiones desiguales y opresivas entre ricos y pobres, blancos y no blancos, hombres y mujeres, etc.— son reales y objetivos. Los políticos del Partido Demócrata siempre dicen cosas como “Trump nos está dividiendo en lugar de unirnos”. Pero estas divisiones no se deben al “carácter contencioso” de alguien como Trump. Trump hace uso de estas divisiones al perseguir su agenda fascista, pero ni él ni nadie más ha causado, ni podría haber causado, estas divisiones — están arraigadas en la propia naturaleza, funcionamiento y necesidades de este sistema, en la manera en que todo esto ha evolucionado históricamente. Para eliminar estas divisiones, hace falta eliminar este sistema.

De todo lo que se ha dicho hasta ahora, debe quedar claro por qué no es posible hacer el cambio fundamental que se necesita por medio de la votación. Como se sabe, los que se preocupan y están decididos a hacer algo sobre la opresión y la injusticia son blanco del constante bombardeo con la idea de que es crucial votar por los demócratas, porque al menos ellos dicen a veces que se preocupan por esto. Y esto se ha vuelto aún más intenso e insistente con el ascenso al poder del régimen fascista de Trump y Pence y su respaldo por los políticos del Partido Republicano, el que en sí se ha convertido en un partido fascista hasta la médula. Es crucial votar por los demócratas, ellos nos dicen, para hacer algo para limitar el daño que Trump puede hacer (los dirigentes del Partido Demócrata se niegan a decir que hay que sacar de funciones a Trump ahora, e insisten en que ¡hablar de eso sólo cae en el juego de Trump!). Pero, debido a la manera en que se estableció el sistema electoral desde la fundación de Estados Unidos, con el colegio electoral en vez de la elección popular directa del presidente, y en que los estados pequeños tienen el mismo número de senadores como los estados con poblaciones muchos mayores —todo lo que fue parte de la “componenda” con los estados esclavistas, y lo que representa hoy el legado continuo de la esclavitud— y, con la manera en que se han manipulado las elecciones para el Congreso, suprimiendo los votos especialmente de los negros y latinos, así como la manipulación de la circunscripción electoral de los distritos (su reconfiguración geográfica de manera que concentren en unos pocos distritos electorales las personas que tienden a votar contra los republicanos, mientras que se distribuyan los que votarían por los republicanos, especialmente blancos “conservadores”, en numerosos distritos, para así darles un número desproporcionado de representantes en el Congreso)— debido a todo esto, dista de estar seguro que en las venideras elecciones a mitad de mandato, el Partido Demócrata logre que despegue su “ola azul” para poder recuperar una mayoría en el Congreso. ¿Qué es la orientación de los demócratas al tratar de lograr esto? En gran parte es postular candidatos y campañas que esperan que atraigan a los “votantes trumpistas”, incluidos unos candidatos que se jactan de su “servicio” en las fuerzas armadas estadounidenses, de haber hecho bombardeos aéreos y otra devastación en el Medio Oriente y Afganistán. La verdad es que, no sólo es necesario derrocar este sistema con tal de poner fin a lo que los “5 ALTOS” concentran y las condiciones horrorosas a que están sometidas las masas de la humanidad en un mundo dominado por este sistema del capitalismo-imperialismo, sino que incluso sin hacer la revolución —incluso para impedir que el régimen de Trump y Pence consolide más su dominio e implemente más plenamente su programa fascista— es necesario apoyarse, no en el Partido Demócrata, sino en las masas de personas, rompiendo con los límites de “la política de costumbre” y emprendiendo una movilización no violenta sostenida de masas para expulsar a este régimen fascista.

De hecho, un papel importante del Partido Demócrata es “acorralar” y “domesticar” el disentimiento. Por ejemplo, cuando Estados Unidos invadió a Irak en 2003, cuando surgió un auge masivo de oposición a esa guerra, el Partido Demócrata como tal no estaba en posición de apropiarse de ese disentimiento o desviarlo, porque (con algunas excepciones) los demócratas en el Congreso votaron por esa guerra. Así que, utilizaron la organización “MoveOn” como especie de fuerza “oposicional” cuyo papel principal era de atraer a las personas que estaban alienadas debido a la guerra y debido al apoyo del Partido Demócrata a la guerra, para que volvieran a la política de costumbre — de vuelta al marco y a los límites que habían producido esa guerra en primer lugar. Más recientemente, el Partido Demócrata, y los que están alineados con él, han hecho lo mismo con relación a la ira y asco que de hecho sienten decenas de millones de personas hacia Trump — y en ciertos sentidos los demócratas de hecho se han posicionado “más a la derecha” que Trump, especialmente con su insistencia en que el problema básico con Trump es que socava la posición dominante de Estados Unidos en el mundo, cuando en realidad las acciones tipo “Estados Unidos Ante Todo” del régimen de Trump y Pence tienen el objetivo de aumentar esa dominación de maneras que representan una grave amenaza a la humanidad.

En caso de que se necesitara más evidencia de la verdadera naturaleza del Partido Demócrata, aquí van dos otros ejemplos llamativos. En la convención del Partido Demócrata en 2016, los oradores destacados incluyeron al ex jefe de la CIA Leon Panetta y al general del Cuerpo de Marines John Allen, ex comandante de tropas estadounidenses en Irak y Afganistán; y cuando algunos asistentes respondieron coreando, “¡No más guerras!”, los organizadores oficiales trataron de callarlos y después los ahogaron los gritos de los delegados tradicionales del Partido Demócrata, de “¡USA! ¡USA! ¡USA!”. Así de feo. Y no olvidemos que, cuando los jóvenes negros en Baltimore se levantaron en una rebelión justa, tras el asesinato policial de Freddy Gray, Barack Obama denunció como “maleantes” a estos jóvenes — pero ¡nunca denunció como maleantes asesinos a los policías que mataron a Freddie Gray!

Yo podría seguir y seguir —hay más que un montón de evidencia que demuestra la verdadera naturaleza y papel del Partido Demócrata como un importante instrumento de este sistema monstruosamente opresivo— pero hay un problema aún más básico. La verdad es que los políticos gobernantes, los dueños y agentes de los medios de comunicación de varios tipos que valen miles de millones de dólares, y otros en la cúpula de las instituciones importantes de esta sociedad, son los representantes políticos y culturales de este sistema. Escúchenlos nada más cuando hablan del papel del imperio estadounidense en el mundo — hablan de “nuestros” intereses, “nuestras” fuerzas armadas, “nuestros” aliados, y así sucesivamente. Y la verdad más esencial es que no sería posible que fueran algo más salvo los representantes y funcionarios de este sistema. Es por eso que incluso los esfuerzos más obstinados de personas bien intencionadas de convertir al Partido Demócrata en una fuerza positiva están destinados al fracaso. Una vez más, nos encontramos de vuelta a las relaciones económicas y la operación del sistema económica, a las relaciones sociales ligadas a esto y al hecho de que esto determina el carácter del sistema político y la cultura dominante. Si el sistema político operara en conflicto con estas relaciones subyacentes, la sociedad no podría funcionar. Por esta razón fundamental, los partidos políticos que tienen un papel e influencia importante en esta sociedad son, y sólo pueden ser, partidos de la clase dominante — representantes de la clase capitalista dominante; instrumentos de este sistema de opresión despiadada; administradores y capataces de un imperio mundial de explotación y saqueo, responsable de destrucción y devastación masiva de países y pueblos, y que representa una amenaza muy real, y creciente, a la propia existencia de la humanidad, sea por la destrucción ambiental o la aniquilación nuclear.