Del Capítulo 7: "…Están fuera de su control" (Conflictos en la familia),

de una autobiografía de Bob Avakian

From Ike to Mao and Beyond
My Journey from Mainstream America to Revolutionary Communist

Conflictos en la familia

Huey y Bobby fundaron el Partido Pantera Negra por la Defensa Propia en 1966, y poco después Eldridge se juntó con ellos. He escrito sobre eso en otras partes, pero hoy en día quizás resulte difícil captar lo realmente radical y sí, chocante, que caían los Panteras cuando aparecieron en el ámbito político. Andaban esos jóvenes negros que vestían uniforme de chamarra de piel negra y boinas negras, que cargaban armas no para usar en “guerras de pandillas” sino para defender a las masas de la violencia policíaca; y pretendían aplicar el Libro Rojo de Mao1 a la revolución en Estados Unidos. Eso llevó el ámbito político a otro nivel totalmente nuevo. No existía nada ni remotamente parecido en términos del espectro que planteaba y el impacto que tenía, y voy a adentrarme más en ese punto en el próximo capítulo. Pero aquí quisiera hablar del impacto que tuvieron mis relaciones con los Panteras sobre mis relaciones familiares.

Poco después de fundarse el Partido Pantera Negra, empecé a colaborar con ellos y apoyarlos, hasta escribí artículos para su periódico. Con eso, realmente me pasé de una raya tanto para mi familia como para la de Liz — e incluso para la misma Liz. Me acuerdo que hicieron un tipo de “cumbre” en que los dos pares de padres vinieron a nuestro apartamento y básicamente me leyeron la cartilla por lo que yo hacía.

El papá del Liz, que era el más político, de hecho trató de discutir conmigo a escala ideológica, criticando al Partido Pantera Negra por hablar en nombre del “lumpen proletariado” como si éste fuera la fuerza más revolucionaria. En realidad los Panteras hablaban de sectores del pueblo negro que por lo general eran proletarios, que conseguían empleo de a ratos sí y a ratos no, especialmente muchos jóvenes — mientras que el “lumpen proletariado” realmente se refiere a personas que se dedican a la delincuencia para hacer la vida. Bueno, tampoco se puede compartimentar con exactitud las personas, especialmente tratándose de un pueblo oprimido, pero realmente las personas atraídas a los Panteras eran en su mayoría jóvenes proletarios. Algunos de ellos habían estado presos, porque eso era la situación de una enorme cantidad de negros, especialmente jóvenes, en ese tiempo (y la sigue siendo ahora con creces). Y la policía los hostigaba constantemente. Pero muchos también trabajaban de vez en cuando según conseguían empleo, y realmente estaban en una posición más bien proletaria.

Bueno, el papá de Liz me decía: “El lumpen proletariado no es una fuerza revolucionaria. Ahí estás cometiendo un gran error”. Trató de convencerme ideológica y políticamente de por qué los Panteras estaban equivocados y por qué yo me equivocaba al unirme con ellos y colaborar estrechamente con ellos. Pero fue una discusión que cubría de pe a pa. Todos los padres reclamaban que yo estaba destruyendo el futuro de todos: mi futuro, el futuro de Liz, el futuro de todos, todo venía abajo por lo que yo estaba haciendo. Así que todo era muy intenso, muy emocional.

También mi relación con Liz iba cambiando. Como ya mencioné, cuando nos conocimos Liz era más políticamente experimentada, avanzada y activa que yo, y en ese sentido me influyó de manera muy positiva. Pero en cierto momento —y trataré de explicar una parte de lo compleja que era la cosa— ella empezó a retrocederse de las posiciones más radicales, y especialmente de retirarse de la actividad política. Bueno, eso se basaba en parte en que el movimiento feminista empezaba a desarrollarse, las ideas feministas empezaban a plantearse más fuertemente dentro del movimiento y también más ampliamente en la sociedad, aunque todavía se trataba de las primeras etapas del proceso, de los mediados a finales de los años sesenta. Ella empezó a examinar su propia vida y su propio papel, y también tenía críticas sobre nuestra relación porque tenía unos aspectos más tradicionales a pesar de que teníamos en común muchos intereses intelectuales y opiniones políticas. Por ejemplo, se disgustó porque cuando dejé de estudiar, ella trabajaba mientras yo me dedicaba a la militancia política, y ella sentía que eso era la forma tradicional en que siempre se han hecho las cosas —la mujer trabaja para mantener al hombre que se dedica a lo que le apasiona— aunque esa situación cambió una vez que conseguí un empleo en Ramparts y los dos estábamos ganando un sueldo.

Pero esa contradicción tenía muchos diferentes aspectos. Las mujeres estaban analizando su posición y papel en la sociedad — y reclamaban cambios en sus relaciones personales. Liz era parte de ese ámbito en general, pero como un aspecto de ello empezó a ver las cosas en términos más personales, a ensimismarse más y a dejar de militar en luchas políticas. Dado que yo empezaba a calificar el problema como el sistema en conjunto y considerar la cuestión del comunismo, me acuerdo de un momento en que surgió una discusión cuando ella estaba leyendo un libro y me dijo: “Escucha esto. Escucha esto”. Y me leyó de ese libro donde uno de los personajes dice: “Una sola enfermera que carga una sola bacinica en un solo hospital una sola noche ha beneficiado a la humanidad más que todos los comunistas en el mundo”. Y lo leyó en un tono que quedó claro que estaba de acuerdo. Y le dije: “Sabes qué, precisamente eso está mal. Precisamente eso pone todo patas”.

Se puede decir que esa discusión concentró las distintas direcciones en que partían nuestras vidas. Yo luchaba con ella: “Mira, tenemos que hacernos más radicales, más revolucionarios”. Como parte de eso, hablaba de mudarnos de Berkeley —donde vivíamos— a Richmond, que era, como mencioné antes, una ciudad más proletaria. “Debemos salir a integrarnos con el proletariado y llevar la política radical al proletariado”. Por eso luchábamos mucho porque ella se le oponía. Aún era progresista, aún guardaba ideas ilustradas sobre todas esas cuestiones, aún simpatizaba con todas esas luchas; sin embargo, en parte por inquietudes feministas y en parte porque —como ejemplifica el pasaje que leyó de aquel libro— no veía cómo se podría cambiar las cosas en la sociedad a escala mayor, y se estaba volviendo en contra de las actividades de hacer eso. Ella creía que el enemigo era demasiado poderoso, que los obstáculos eran demasiado insuperables o que en todo caso eso no era la manera correcta de cambiar las cosas. En cambio, la idea que empezó a atraerle más fue la de cambiar las personas como individuos o una por una — que cada uno debe cambiarse “por dentro” y que al final eso cambiaría la sociedad. Así que en ese entonces íbamos encaminados en rumbos muy distintos, y era muy difícil emocionalmente porque aún teníamos mucho en común, pero teníamos esas diferencias fundamentales sobre la dirección de nuestras vidas y nuestras prioridades se estaban haciendo cada vez más distintas.

Continuará.

1. Citas del Presidente Mao Tsetung (Pekin: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1966). [regresa]

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