Crimen Yanqui Caso #52: El TLCAN (Segunda parte): La profundización del saqueo y dominación de México y de la explotación y opresión de los obreros ahí, sobre todo las mujeres

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Bob Avakian escribe que una de las tres cosas que tiene “que ocurrir para que haya un cambio duradero y concreto hacia lo mejor: Las personas tienen que reconocer toda la historia propia de Estados Unidos y su papel en el mundo hasta hoy, y las correspondientes consecuencias terribles”. (Ver "3 cosas que tienen que ocurrir para que haya un cambio duradero y concreto hacia lo mejor").

En ese sentido, y en ese espíritu, “Crimen yanqui” es una serie regular de www.revcom.us. Cada entrega se centrará en uno de los cien peores crímenes de los gobernantes de Estados Unidos, de entre un sinnúmero de sanguinarios crímenes que han cometido por todo el mundo, de la fundación de Estados Unidos a la actualidad.

La lista completa de los artículos de la serie Crimen Yanqui

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Para 1998, 3.700 fábricas ya empleaban a más de un millón de obreros en el montaje de aparatos electrónicos, prendas de vestir, juguetes, refacciones para autos y otros productos para la venta en Estados Unidos. Hasta un 75% de los obreros contratados en las maquiladoras eran mujeres, en su mayoría de 16 a 23 años de edad. (Foto: AP)

El crimen

El tratado de “libre comercio” entre Estados Unidos, Canadá y México, conocido como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), fue ratificado, con mucho bombo y platillo, en 1994. Se decía con mucho alarde que el tratado de 2.000 páginas, negociado en secreto, generaría una mayor prosperidad para los tres países. Pero, en realidad, el TLCAN fue un pacto depredador que condujo a la intensificación del cruel y destructivo saqueo de México y su población, principalmente mediante la rápida expansión del sistema de “maquiladoras” fronterizas de baja paga para los obreros. Las empresas de Estados Unidos han exprimido enormes ganancias a cientos de miles de obreros mexicanos de baja paga.

Bajo el TLCAN, las corporaciones de Estados Unidos podían intensificar su explotación de México y los mexicanos. Por ejemplo, el TLCAN eliminó los aranceles para los productos que cruzan la frontera, lo cual benefició enormemente al sector agroindustrial corporativo estadounidense altamente mecanizado. También eliminó impuestos para los productos, como los aparatos electrónicos, que entran a México para que se ensamblen y luego regresen a Estados Unidos. En el primer año del tratado unos $100 mil millones de nuevas inversiones extranjeras directas inundaron a México.

Mientras tanto, millones de pequeños campesinos mexicanos y empresas de dueños mexicanos no pudieron sobrevivir. El desempleo creció, y los salarios de los obreros mexicanos, que de por sí ya eran bajos, cayeron más. Desde todas partes de México la gente, desesperada, se fue a las ciudades fronterizas para buscar trabajo, en lugares como Ciudad Juárez, Tijuana y Nuevo Laredo en las fábricas propiedad de las corporaciones como General Motors, General Electric, Zenith, AT&T y muchas otras.

El TLCAN sentó las bases económicas para que las compañías no mexicanas, en su mayoría con sede en Estados Unidos, pudieran expandir sus operaciones o abrir nuevas fábricas. ¡Muchos tenían ganas de sacar provecho del “ambiente” favorable para las “ganancias” en México donde los salarios, por el mismo trabajo, eran 12 veces menores que en el lado estadounidense de la frontera! Para 1998, 3.700 fábricas ya empleaban a más de un millón de obreros en el montaje de aparatos electrónicos, prendas de vestir, juguetes, refacciones para autos y otros productos para la venta en Estados Unidos.

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Los dueños de las fábricas contrataban a las mujeres por su destreza y energía juvenil. Pero también las preferían porque en las sociedades dominadas por el patriarcado y la misoginia (en ambos lados de la frontera), es más fácil explotar a las mujeres, de hacerlas trabajar horas largas y agotadoras, a menudo sin descansos y un corto almuerzo y con una paga menor que para los hombres. 

Hasta un 75% de las personas contratadas en las maquiladoras eran mujeres, en su mayoría entre 16 y 23 años de edad. Muchas acababan de llegar de aldeas y pueblitos del campo. Los dueños de las fábricas las contrataban por su destreza y energía juvenil. Pero también las preferían porque en las sociedades dominadas por el patriarcado y la misoginia (en ambos lados de la frontera), es más fácil explotar a las mujeres, de hacerlas trabajar horas largas y agotadoras, a menudo sin descansos y un corto almuerzo y con una paga menor que para los hombres. Como mujeres, las consideran “fuentes de ingresos suplementarios”.

Ciudad Juárez tiene una de las mayores concentraciones de maquiladoras. Un tercio de las mujeres que trabajan en las fábricas de la costura en esta ciudad son cabezas de familia. Si bien las mujeres son vulnerables a la manipulación por los hombres en posiciones de autoridad, las madres solteras son especialmente vulnerables porque su sustento y el bienestar de sus hijos están en juego. Las madres y los padres dependen del trabajo de turnos adicionales o del tiempo extra para tener lo necesario. Se sabe que los supervisores de las fábricas utilizan esta necesidad para chantajearlas. Por ejemplo, los obreros de una compañía se quejaron de que los supervisores les exigían una mordida de 50 pesos a la semana para que fueran elegibles para trabajar horas extra. Castigaron a los obreros que se quejaban de este tipo de humillación enviándolos a un área de trabajo especial que los obreros llaman “la prisión”, o simplemente “el infierno”.

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Muchos obreros de las maquiladoras viven en comunidades de hogares improvisados hechos de cartón, paletas descartadas o cajas de embalaje de las fábricas, o en tugurios sin tubería interna, sin electricidad o alumbramiento público. Unos construyen sus hogares al lado de los rellenos sanitarios. Con frecuencia las casas son peligrosas y cuentan con poco aislante. (Fotos: MtHolyoke.edu)

Muchos obreros de las maquiladoras viven en comunidades de hogares improvisados hechos de cartón, paletas descartadas o cajas de embalaje de las fábricas, o en tugurios sin tubería interna, sin electricidad o alumbramiento público. Unos construyen sus hogares al lado de los rellenos sanitarios. Con frecuencia las casas son peligrosas y cuentan con poco aislante. Especialmente en el invierno los padres de familia se preocupan de que al dejar a sus hijos a solas con un calentador para calentar el hogar corran peligro de un incendio en las altamente inflamables estructuras. Y para colmo, existe el constante problema de la inseguridad alimentaria. En realidad, los salarios en las maquiladoras están por debajo del nivel necesario para sobrevivir. Por ejemplo, hasta el 2015, un operador de línea de montaje ganaba 650 pesos, o 39 dólares, a la semana, pero los precios de la comida a veces son mayores que en el lado estadounidense de la frontera. Esto obliga a las familias trabajadoras a emprender una constante lucha por disponer de comida y otros artículos de primera necesidad.

En las maquiladoras, obligan a los obreros a trabajar rodeados de polvo y sustancias químicas que les arruinan la salud, y se saben que a veces causan malformaciones congénitas. Un estudio de 1994 fue el primero en demostrar que las obreras de las maquiladoras daban a luz más bebés de bajo peso que en otras industrias. Sus viviendas con frecuencia están cerca de las fábricas donde las condiciones ambientales son peligrosas. Los habitantes de la zona fronteriza viven expuestos a una atmósfera con niveles altamente elevados de contaminantes, como altos niveles de carbón de monóxido. Otro problema a lo largo de la frontera es la pésima calidad del agua potable. Las promesas hechas de que las disposiciones del TLCAN garantizarían protecciones para el medio ambiente han resultado inservibles. Como resultado de los desperdicios tóxicos que emiten las maquiladoras, se ha dado un deterioro gradual de las comunidades urbanas donde están ubicadas las fábricas.

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En las comunidades urbanas donde están ubicadas las fábricas, se ha dado un deterioro ambiental como esta nube de niebla marrón que cubre a Ciudad Juárez (arriba), y la contaminación de las fuentes de agua como resultado de los desechos tóxicos de las maquiladoras, como este lago que tiene niveles de plomo más de 3.000 veces más altos que los estándares de Estados Unidos (abajo). (Fotos: MtHolyoke.edu)

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Como condición de contratación, muchas compañías someten a las mujeres a humillantes pruebas de embarazo. Advierten a las mujeres que contratan que si se embarazaran, podrían perder su trabajo. La organización Human Rights Watch documentó casos en los que el personal de las maquiladoras obligaban a las obreras embarazadas a trabajar tiempo extra sin pago, les asignaban los trabajos físicamente difíciles o las negaban pago de tiempo extra, con el fin de obligarlas a renunciar.

Mientras tanto, hay muchas historias sobre gerentes y supervisores depredadores que usan su posición de poder para obtener favores sexuales a cambio de un empleo o seguridad laboral. La negativa a aceptar esta situación o los intentos de denunciar el acoso sexual podrían resultar en la pérdida de un trabajo, de horas extra necesarias o alguna otra forma de castigo. Para las mujeres y sus familias, estas son cuestiones de vida o muerte.

Desde 1993, según las autoridades mexicanas, hasta 1.500 mujeres habían sido asesinadas en Ciudad Juárez, colindante con la frontera entre México y Estados Unidos. Se han encontrado los cadáveres de cientos de estas mujeres en la zona desértica alrededor de las maquiladoras. Muchas fueron atacadas mientras se desplazaban en condiciones peligrosas de ida y vuelta al trabajo. Otras, al parecer, fueron asesinadas en otros lugares, y luego los cadáveres fueron tirados en el desierto. Muchas de ellas habían sido violadas, golpeadas y mutiladas antes de matarlas.

Las empresas maquiladoras han hecho poco en respuesta a los asesinatos. Según algunas estimaciones, queda sin resolver un 98% de estos asesinatos. Un familiar de una víctima dijo: “En cierto sentido se dice que las mujeres no valen la pena.... Existe muchísimo desprecio por las mujeres pobres y morenas. Existen una actitud racista y una actitud clasista”. La madre de una mujer “desaparecida” dijo: “Hemos abierto la puerta muy ancha, nuestra frontera con Estados Unidos, para dejar que las grandes multinacionales se establezcan en nuestra ciudad. Les damos un permiso para hacer absolutamente todo. No tienen que garantizar los aspectos más elementales de la vida, de los salarios con los que las mujeres pueden vivir a los servicios básicos en nuestras comunidades, o incluso simplemente la seguridad”.

Muchos factores contribuyen a estos asesinatos. El chocante aumento de estos asesinatos coincidió con el crecimiento galopante de las maquiladoras —las mujeres pobres que emigraban a la frontera desde todo México en busca de empleo— que trabajan largas horas, se desplazan en condiciones peligrosas al amanecer y salen del trabajo después del anochecer. Janette Terrazas, una artista plástica y activista, dijo: “Las maquiladoras crearon espacios públicos violentos”. Además, el estrés y las condiciones sociales en las maquiladoras han contribuido a los conflictos en los matrimonios, al abuso de los niños y a la violencia doméstica contra las mujeres. La salida del hogar de las mujeres para trabajar en las maquiladoras desafía la “tradición” de la subordinación de las mujeres a los esposos y a las “tareas domésticas”, lo que agrava una situación en la que más de cuatro de cada diez mujeres dicen que habían sufrido violencia doméstica.

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Imperialismo quiere decir enormes monopolios e instituciones financieras que controlan las economías y sistemas políticos —y la vida de la gente— no solamente en un país sino en todo el mundo. Imperialismo quiere decir explotadores parasíticos que oprimen a centenares de millones de personas, condenándolas a incalculable miseria; financistas parasíticos capaces de hacer pasar hambre a millones simplemente presionando una tecla de una computadora y trasladando de esa manera grandes cantidades de riqueza de un lugar a otro. Imperialismo quiere decir guerra —guerra para suprimir la resistencia y rebelión de los oprimidos, y guerra entre los estados imperialistas rivales—, quiere decir la capacidad de líderes de estos estados de condenar a la humanidad a increíble devastación, quizás hasta la aniquilación total al oprimir un botón.

El imperialismo es el capitalismo en la etapa en que sus contradicciones básicas han alcanzado un nivel extremadamente explosivo. Pero el imperialismo también significa que habrá revolución —el levantamiento de los oprimidos para derrotar a sus explotadores y atormentadores— y que esta revolución será una lucha mundial para barrer a ese monstruo global, el imperialismo.

—Bob Avakian, Lo BAsico 1:6

Los criminales:

El presidente estadounidense George H. W. Bush (1988-1992): El precursor del TLCAN fue un tratado bilateral entre Estados Unidos y Canadá. Las negociaciones para incluir a México empezaron bajo la administración de George H.W. Bush.

El presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari: Presidió las negociaciones del TLCAN por México, así como la privatización de la empresa telefónica y los bancos de México y miles de otras empresas paraestatales. Unas fueron vendidas a precios de ganga a amigos personales, y a empresas extranjeras, especialmente de Estados Unidos. Salinas promovió el TLCAN respaldado por poderosas empresas mexicanas, con el pretexto de que impulsaría a México hacia las filas de los prósperos países del “primer mundo”. Pero al fin de su mandato en 1994, la economía mexicana colapsó y Salinas huyó al exilio.

El presidente estadounidense Bill Clinton (1992-2000): Impulsó la ratificación del TLCAN con el respaldo de U.S. Business Roundtable (La mesa redonda de empresas estadounidenses) y grandes corporaciones de Estados Unidos. Clinton alegaba que el tratado elevaría el nivel de la vida para las poblaciones de los tres países.

La coartada:

Los defensores del TLCAN prometían que el tratado iba a aliviar muchos de los problemas en la zona fronteriza causados por la zona de libre comercio existente. El TLCAN, se decía, iba a ayudar a mejorar las condiciones laborales, iba a mejorar la aplicación de las leyes ambientales e iba a disminuir la alta concentración de maquiladoras en la zona fronteriza.

El presidente estadounidense George H. W. Bush dejó en claro que apoyaba la creación de más tratados de libre comercio y ligó la expansión de los mercados para los empresarios y agricultores de Estados Unidos con mayor libertad por todo el mundo. Alegó que el aumento del libre comercio entre los países, sin importar las disparidades en tamaño y riqueza entre los socios comerciales, conduciría a la ampliación de las libertades civiles y políticas.

El presidente Clinton dijo que apoyaba el tratado porque confiaba en que iba a traer empleos y prosperidad para todos.

El verdadero motivo:

En los años 1970, las corporaciones de Estados Unidos empezaron a trasladar sus fábricas a los países que pagaban bajos salarios a fin de apuntalar sus ganancias y competitividad. Para 1994, el 40% del personal de las corporaciones trasnacionales con sede en Estados Unidos estaba ubicado en las naciones oprimidas (del “tercer mundo”) y un tercio de su comercio interno se realizaba con sus empresas afiliadas en esas naciones.

Las primeras maquiladoras se establecieron a mediados de los años 1960, para aprovechar la mano de obra barata a una distancia corta de la frontera sur de Estados Unidos. Estas fábricas fronterizas se convirtieron en una jugosa zona para sacar ganancias para los inversionistas de Estados Unidos y otros países. La importancia de las ganancias de esas empresas creció para las corporaciones estadounidenses en un mundo cada vez más competitivo.

Las maquiladoras se convirtieron en islas de modernidad, en enclaves de la economía globalizada que distorsionaban el desarrollo económico de México y pusieron cada vez más el control sobre su economía en manos extranjeras.

La acelerada competencia global capitalista que le siguió al colapso de la Unión Soviética y el ascenso de una China capitalista económicamente más fuerte motivaron las acciones de Estados Unidos hacia una explotación aún mayor de los pueblos y los países. Se dio un renovado interés en México, que desde 1848 ha sido una importante fuente de riqueza del capitalismo estadounidense. La economía dependiente mexicana y la élite “compradora” gobernante, facilitaron la entrada de las corporaciones estadounidenses para aumentar su penetración de la economía mexicana.

Estados Unidos se ha beneficiado desde hace muchos años de los obreros mexicanos y la explotación de México y los mexicanos, lo cual ha nutrido la expansión de un imperio. Por lo tanto, el TLCAN y el sistema de maquiladoras han sido tanto una manera de continuar como de intensificar la larga historia de la acumulación de riqueza para Estados Unidos, derivada del saqueo de su vecino al sur, y un contrapeso ante la creciente fuerza económica de la Unión Europea, Japón, China y otros países competitivos.


Fuentes:

James Cockcroft, La esperanza de México, Siglo XXI Editores, 2001. 

Mexico’s Maquiladoras: Abuses Against Women Workers”, Human Rights Watch, 17 de agosto de 1996.

Patricia Fernández Kelly, “The ‘Maquila’ WomenNACLA Report.

Sierra Jorgensen, “Maquiladoras and the Exploitation of Women’s Bodies”.

David Bacon, “The Maquiladora Workers of Juárez Find Their Voice”, Nation, 20 de noviembre de 2015.

Elyse Bolterstein, “Environmental Justice Case Study: Maquiladora Workers and Border Issues”.

Gil Villagrán, “Maquiladoras, NAFTA’s Sweatshops”, 2 de mayo de 2009.

Mexico: Wages, Maquiladoras, NAFTA”, Migration News, febrero 1998.

Evelyn Nieves, To Work and Die in JuárezMother Jones, mayo/junio 2002.

Jessica Livingston, “Murder in Juárez: Gender, Sexual Violence, and the Global Assembly Line”, Frontiers: A Journal of Women Studies, vol. 25, número 1, 2004.

Alana Semuels, “Upheaval in the Factories of Juárez”, Atlantic, 21 de enero de 2016.

 

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