Crimen Yanqui Caso #16: “La matanza”: Una década de linchamientos y terror contra los mexicanos en el sur de Texas, 1910-1920

Bob Avakian escribe que una de las tres cosas que tiene “que ocurrir para que haya un cambio duradero y concreto hacia lo mejor: Las personas tienen que reconocer toda la historia propia de Estados Unidos y su papel en el mundo hasta hoy, y las correspondientes consecuencias terribles”. (Ver "3 cosas que tienen que ocurrir para que haya un cambio duradero y concreto hacia lo mejor").

En ese sentido, y en ese espíritu, “Crimen yanqui” es una serie regular de www.revcom.us. Cada entrega se centrará en uno de los cien peores crímenes de los gobernantes de Estados Unidos, de entre un sinnúmero de sanguinarios crímenes que han cometido por todo el mundo, de la fundación de Estados Unidos a la actualidad.

La lista completa de los artículos de la serie Crimen Yanqui

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Servimos solamente a los blancos — no a los hispanos o mexicanos

EL CRIMEN

El 3 de noviembre de 1910, una chusma de hombres blancos armados sacó a Antonio Rodríguez a rastras de su trabajo. Sin pruebas acusaron al joven de 20 años que trabajaba en un rancho en un pueblito en el norte de México, de matar a una mujer blanca en una granja cercana un día antes. Le dieron una paliza y lo metieron en la cárcel del cercano pueblo de Rock Spring, Texas. El 4 de noviembre, a plena luz del día, una chusma sacó a Antonio Rodríguez de la celda y lo quemó vivo. Ninguno de los asesinos fue acusado.

Varios meses después, Antonio Gómez de 14 años estaba tallando una rama en Thorndale, Texas. En eso, un grupo de hombres que habían estado tomando en una cantina salió repentinamente a la calle, se dirigieron hacia Antonio, se fueron sobre él, lo tiraron al suelo y le dieron una paliza, uno le pegaba con la rama que estaba tallando. Él también había sido acusado de asaltar a una mujer blanca. Antonio esgrimió el cuchillo que usaba y apuñaló a uno de los asaltantes que murió. El jefe de policía de Thorndale le puso una cadena al cuello de Antonio. Una chusma de blancos lo atacó y arrastró por el pueblo. Le dieron repetidas patadas en la cabeza y lo dejaron colgado de una escalera y poste de teléfono en el centro de Thorndale. Cuatro de esos asesinos descarados sí fueron procesados, pero un año después ninguno fue condenado.

Los linchamientos de Antonio Gómez y Antonio Rodríguez recibieron mucha cobertura en Estados Unidos y México. Por todo México los estudiantes montaron furibundas protestas contra Estados Unidos, muchos “le escupieron a la bandera yanqui y la quemaron”. Pero los desenlaces de los dos incidentes establecieron un precedente a medida de que Texas se iniciaba en una tumultuosa década. Como resumió el autor Nicholas Villanueva, dieron a saber que en Texas no castigarían a los blancos por linchar a los mexicanos, ni siquiera en los incidentes poco comunes en que fueran acusados. En Texas, inauguraron una década de horrorosa violencia contra los de ascendencia mexicana.

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Tres Texas Rangers arrastran hacia la ciudad los cuerpos de tres mexicanos linchados en Texas, 1915.

Desde el momento en que los blancos empezaron a llevar esclavos a lo que en ese entonces era territorio mexicano, la violencia contra los mexicanos en Texas fue esencial para la expansión de Estados Unidos hacia el oeste. Cientos de mexicanos fueron linchados en los campos de mineros, en los ranchos, en pequeños pueblos y en ciudades como Los Ángeles y Albuquerque, territorio que pertenecía a México pero pasó a ser el sudoeste de Estados Unidos.

Esta horripilante violencia escaló dramáticamente en los años 1910-1920, una década que llegó a conocerse como “La Matanza”. En Texas, más mexicanos fueron linchados —asesinados sin el debido proceso legal ni cualquier otro proceso en absoluto para las víctimas, y sin cargos ni investigación contra los perpetradores— durante esa década que durante las cuatro décadas anteriores.

En esos años, cientos de personas de ascendencia mexicana, quizás miles, fueron asesinados en el sur de Texas. Los estimados de los muertos varían, lo que en sí es una señal del desdén con el que esta sociedad considera la vida de los mexicanos. En muchos casos, no había registros oficiales. Además, debido a que el profundamente racista sistema judicial de Texas no clasificaba a los mexicanos como negros o blancos —las únicas dos clasificaciones que se podían registrar—, no son fidedignas las cifras de mexicanos linchados. La organización Death Penalty Information Center (Centro de Información sobre la Pena de Muerte) resumió que los historiadores de la frontera William D. Carrigan y Clive Webb calculan que en Texas: “Entre 1910 y 1920 más de 5.000 méxico-americanos fueron asesinados. La ola de terror incluyó a numerosos linchamientos y asesinatos extrajudiciales de méxico-americanos por vigilantes-justicieros, agentes del orden público locales y los Texas Rangers”.

Los mexicanos fueron ahorcados, rociados con gasolina e incendiados, baleados, apaleados y arrastrados con carros o caballos. Las mexicanas fueron violadas. Quemaron sus hogares, graneros y establos y campos de cultivo. Destruyeron o robaron sus propiedades o ganado. Dejaron que sus cuerpos se pudrieran al sol, colgados de un árbol o tirados en el suelo, como “lección” a los demás de lo que les esperara. El San Antonio Express informó que “encontrar los cuerpos de mexicanos muertos ha llegado a ser tan común que genera poco o ningún interés”.

Con frecuencia, los asesinos se posaban con sus víctimas, exhibidas como animales. Estas fotos con frecuencia aparecían en los periódicos locales. Y, como comentó el Austin American-Statesman sobre estos incidentes bárbaros: “…sí, la gente mandaba estas postales de los linchamientos a lo largo del siglo 20”.

LA COARTADA

De rutina, trataron a los mexicanos y los describieronn como animales subhumanos, personas contra las que la violencia era legítima, y con frecuencia necesaria. Eran típicas estas líneas del periódico Galveston Daily News, que describe a los “peones” mexicanos como “propensos a la violencia, enfermedades y alcoholismo”. Un periódico de San Antonio escribió que los hombres mexicanos “no tienen más control sobre sus pasiones que una bestia furiosa, y en su ignorancia son igualmente irrazonables”.

Por años y a diario, los periódicos de todo Texas acusaban a las personas de origen mexicano de delitos violentos como hurto, violación, robo, asalto y homicidio. Villanueva señaló que “las chusmas [blancas] pensaban que estaban haciendo el trabajo de la policía en la región y seleccionaron más a los mexicanos por sospecha de los crímenes de homicidio y hurto que por cualquier otra razón”. La violencia contra los mexicanos, ya sea de parte de vigilantes-justicieros o los agentes del orden público, era algo que se alababa, y ensalzaban a los agresores como héroes.

El sistema del Jim Crow de salvaje segregación contra el pueblo negro estaba muy atrincherado en Texas y defendido por las leyes federales. No se había aplicado, por ley, a los mexicanos. Pero durante esos años se consolidó el estatus degradado de los mexicanos en las leyes y la cultura de Texas, y llegó a afincarse en sus instituciones. Los rótulos que decían “No se permiten perros o mexicanos” se volvieron comunes y siguieron así hasta los años 1950.

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Una alambrada eléctrica retiene a los niños mexicanos refugiados, Fuerte Bliss, Texas, 1914. La leyenda dice: “Detenidos en el campamento de refugiados”.

LOS VERDADEROS MOTIVOS

A principios del siglo 20, ya estaban en marcha grandes cambios en las regiones fronterizas de Texas. Grandes cantidades de blancos empezaron a ocupar zonas donde por muchos años vivía gente de ascendencia mexicana. Vieron una zona con gran potencial para el ganado, granjas, minería e industria. También vieron que los terrenos era legalmente propiedad de gente que hablaba español, muchos de los cuales llevaban generaciones viviendo ahí. La llegada de los ferrocarriles y del riego en gran escala a principios de los 1900 hizo que la tierra fértil fuera más productiva, y más cara. Muchos de los mexicanos no pudieron pagar los crecientes impuestos para poder quedarse con los terrenos. Los blancos impugnaron en las cortes los títulos de propiedad escritos en español, y casi siempre ganaron los casos. El historiador Benjamin Heber escribió que los rancheros blancos “recurrieron al simple recurso de ocupar el terreno deseado y expulsar con violencia a los ocupantes”.

El resultado de ese despojo fue catastrófico para la gente que vivía ahí. Entre 1900 y 1910, en tan solo dos condados en el sur de Texas, que llegaron a ser y siguen siendo baluartes de la producción agrícola capitalista, más de 187.000 hectáreas de terrenos pasaron de propiedad de personas que hablan español de ascendencia mexicana a propietarios blancos. Muchos de los que perdieron sus terrenos terminaron por trabajarlos para los nuevos propietarios por salarios de miseria.

Además, en esa década de 1910 a 1920 México vivía la revuelta de una enorme revolución. Un análisis de ese proceso rebasa el ámbito de este artículo, pero los capitalistas de Estados Unidos pensaban que sus intereses en México y en toda la región que consideran como su “patio trasero” corrían fuertes peligros. Estaban decididos a proteger e impulsar esos intereses. Querían imponer su voluntad a México, y reforzar una “estabilidad” supremacista blanca pro estadounidense en la región fronteriza.

En esos años las fuerzas armadas yanquis emprendieron numerosas “incursiones” a México. En 1914, el presidente Wilson de Estados Unidos pidió y recibió aprobación del Congreso para una invasión armada a México. Las fuerzas navales yanquis bombardearon el puerto de Veracruz y comenzaron una ocupación armada que duró seis meses. Los yanquis volvieron a invadir a México en 1916 en una búsqueda fallida al líder rebelde Pancho Villa.

Los levantamientos en México impelieron a decenas de miles de personas a dejar sus hogares, y muchos de ellos cruzaron el río Bravo hacia Texas. Los dirigentes políticos en Estados Unidos y Texas también estaban decididos a impedir que la rebelión y la revolución “contagiaran” y cobraran impulso entre los mexicanos en Texas. En 1914, el ejército yanqui estableció un “centro de detención” en el fuerte Bliss, El Paso, para detener a unos 5.300 refugiados mexicanos. Para el 1º de agosto de 1916, 112.000 soldados estaban apostados a lo largo de la frontera, desde Brownsville, Texas hasta Douglas, Arizona.

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18 de junio de 1916. El presidente estadounidense Woodrow Wilson ordenó que 100 mil efectivos de la Guardia Nacional provenientes de las milicias estatales fueran a patrullar la frontera. En la imagen, unos soldados en Brownsville, Texas.

Efectivos del ejército y la Guardia Nacional no participaron principalmente en la sangrienta represión que se llevaba a cabo en Texas. Pero sí presidieron una situación que por años le dio rienda suelta a la constante violencia contra la gente de ascendencia mexicana.

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LOS CRIMINALES

Los presidentes yanquis Taft y Wilson, por mandar miles de soldados a la frontera, y en el caso de Wilson, por invadir a México.

Los gobernadores de Texas Colquitt, Ferguson y Hobby, que desataron a los asesinos Texas Rangers contra la gente en el sur de Texas. Posteriormente, los gobernadores de Texas sellaron por décadas los registros de las investigaciones estatales y federales de las atrocidades.

Los asesinos Texas Rangers, la policía y alguaciles locales, y las turbas de justicieros lideradas por “ciudadanos prominentes”, todos los que emprendieron la despiadada violencia racista con impunidad.

La Corte Suprema de Estados Unidos, que se negó a ver el único caso del linchamiento de un mexicano que se presentó ante ella durante este período, lo que señaló que nadie en ningún nivel del gobierno iba a tener que rendir cuentas por el embate genocida en marcha.

La redacción y los periodistas de los diarios de Galveston a El Paso, quienes incesantemente azuzaron un clima de odio racista que prendió las convulsiones de la violencia.

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Fuerte Bliss, Texas, 1912. Un cabo yanqui vigila a los refugiados mexicanos en un campamento de detención.

LOS CRÍMENES QUE CONTINÚAN

La frontera entre Estados Unidos y México es una línea divisoria empapada de sangre que concentra los grandes crímenes del imperialismo estadounidense. Miles de personas, entre ellos bebés y niños pequeños, han muerto en el cruce, en el caso de muchos de ellos se perdieron y sus cadáveres fueron asolados en los desiertos, llanuras, ríos y montañas. La Patrulla Fronteriza ha atrapado a cientos de miles de ellos y los ha enviado de regreso a los infiernos creados por Estados Unidos de los que intentaron huir. Esta frontera es una zona militarizada de armamento de alta tecnología, cercas de alambre concertina, escuadrones de justicieros fuertemente armados y brutales agentes federales. Es sede de varios campos de concentración, algunos para niños. Es una expresión de todo lo que es putrefacto e inaceptable de este sistema.

A raíz de la revolución, ¿México y América Central todavía serían el patio trasero de Estados Unidos? (en inglés)

Un corto de la sesión de preguntas y respuestas

Lea el discurso completo en español: Por qué nos hace falta una revolución real y cómo concretamente podemos hacer la revolución

 

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