“Si la empatía es un pecado, pequen audazmente”. Foto: @DeborahElizabeth.bsky.social
La empatía, en términos básicos, es un esfuerzo activo por comprender los sentimientos y las circunstancias de los demás. A partir de esta preocupación activa surge el deseo de mejorar las circunstancias y, por tanto, los sentimientos, de los demás.
Entonces, ¿qué podría tener de malo la empatía? Según algunos influyentes fascistas prominentes, particularmente entre la tendencia cristiana fundamentalista/nacionalista/supremacista blanca/supremacista masculina (que es la acérrima columna vertebral del fascismo en Estados Unidos), la empatía es tóxica.
“La empatía se vuelve tóxica cuando te anima a afirmar el pecado, validar mentiras o apoyar políticas destructivas”, dijo Allie Beth Stuckey, autora de Toxic Empathy: How Progressives Exploit Christian Compassion [La empatía tóxica: cómo los progresistas explotan la compasión cristiana1.
Charlie Kirk, el organizador fascista que dirigió Turning Point USA, dijo que Stuckey ha demolido “el truco psicológico número uno de la izquierda” con su observación de que los liberales esgrimen la empatía contra los conservadores “empleando nuestro lenguaje, nuestros versículos de la Biblia, nuestros conceptos” y luego pervirtiéndolos “para extorsionarnos moralmente para que adoptemos su posición”2.
Las políticas y posiciones pecaminosas y destructivas a las que se refiere aquí son preocuparse y por supuesto actuar en función de esa preocupación por las nacionalidades oprimidas y las mujeres, los inmigrantes y las personas LGBTQ, y cualquier política o posición no fascista o antifascista.
Una escritora de la Associated Press señaló:
Stuckey remonta su propio despertar antiempatía al verano de 2020, cuando las protestas por la justicia racial sacudieron a la nación. Vio a otros cristianos publicar sobre el racismo por una empatía que ella consideraba equivocada.
“Rechazo la idea de que Estados Unidos sea un país sistémicamente racista”, dijo.
Cuando dijo eso en los meses posteriores al asesinato de George Floyd, su audiencia creció.
Joe Rigney, autor de The Sin of Empathy: Compassion and its Counterfeits [El pecado de la empatía: la compasión y sus falsificaciones], se hace eco de esta crítica del racismo sistémico, pero reserva la mayor parte de su ira para el feminismo, al que culpa de muchos de los males de la empatía. Como las mujeres son el sexo más empático, sostiene, a menudo llevan la empatía demasiado lejos.
Encontró un resumen de esta teoría en el servicio de oración inaugural de Trump, donde una mujer predicó desde el púlpito. Durante un sermón que se volvió viral, la obispo episcopal Mariann Budde suplicó al presidente republicano que “tenga piedad” de los inmigrantes y las personas LGBTQ+, lo que provocó una reacción conservadora.
“El intento de Budde de ‘decir la verdad al poder’ es un recordatorio de que el feminismo es un cáncer que permite la política de manipulación empática”, escribió Rigney para la revista evangélica World3.
Otros influyentes fascistas cristianos son aún más directos: el pastor Josh McPherson dijo en su podcast, Stronger Men Nation [Nación de Hombres Más Fuertes]: “Casi es necesario eliminar la empatía del vocabulario cristiano... La empatía es peligrosa. La empatía es tóxica. La empatía te alineará con el infierno”4.
No es difícil discernir en la falacia de la “empatía tóxica” una típica inversión fascista de un fenómeno objetivamente verdadero: la masculinidad tóxica. Los hombres violentos, incluso los genocidas, racistas, sádicos y misóginos son buenos, bíblicos. Los hombres, y mujeres, cariñosos son malos, pecadores.
A este creciente ataque a la empatía se suman fascistas nominalmente seculares. “La debilidad fundamental de la civilización occidental es la empatía”. Ese es el multimillonario Elon Musk, hablando recientemente en el podcast “The Joe Rogan Experience”. Conversaban sobre la idea de que la inmigración desenfrenada a los países occidentales está amenazando los valores políticos y culturales occidentales. Musk está de acuerdo y advierte que las sociedades corren el riesgo de autodestruirse: “Hay tanta empatía que uno realmente se suicida... Así que tenemos una empatía suicida civilizacional”5.
Los líderes cristianos progresistas han respondido. El artículo de la AP citado arriba informe:
“La empatía no es tóxica. Tampoco es pecado”, dijo la reverenda canóniga Dana Colley Corsello en un sermón en la Catedral Nacional de Washington, dos meses después de la súplica de [la obispa episcopal Mariann] Budde en ese santuario.
“Los argumentos sobre la empatía tóxica están encontrando oídos abiertos porque los evangélicos blancos de extrema derecha están buscando un marco moral en torno al cual puedan justificar las órdenes ejecutivas y políticas del presidente Trump”, predicó Corsello.
“La empatía está en el corazón de la vida y el ministerio de Jesús”, añadió, “es muy preocupante que esto esté siquiera por debatir”.
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En Nueva York, el reverendo Micah Bucey notó por primera vez los mensajes cristianos contra la empatía después del sermón de Budde. En respuesta, propuso cambiar el letrero exterior de la Judson Memorial Church, la histórica congregación a la que sirve en Manhattan.
“Si la empatía es un pecado, pequen audazmente”, dijo...
Una foto del nuevo letrero de la iglesia se compartió ampliamente en las redes sociales6.
Un punto que el líder revolucionario Bob Avakian planteó durante su diálogo de 2014 con Cornel West es una poderosa respuesta a la moral fascista que considera que la empatía es tóxica: “No es débil amar. No es débil tratar a otras personas como seres humanos. Y necesitamos una cultura que crezca junto con la lucha y sea una parte crucial de la lucha, que promueva... cuidarnos unos a otros, estar juntos y ver lo que tenemos en común, en lugar de tratar de aprovecharnos unos de otros” (de REVOLUCIÓN Y RELIGIÓN: La lucha por la emancipación y el papel de la religión. Un diálogo entre Cornel West y Bob Avakian).
Necesitamos esto más que nunca ahora, en un momento en que la mayor expresión de amor por la humanidad en este momento existencial de la historia es que las personas decentes, cariñosas y empáticas nos movilicemos, millones de nosotros, uniendo a todos los que puedan unirse, para derrotar al fascismo en Estados Unidos y en todas partes. Y de ahí seguir adelante para luchar por un mundo mucho diferente, y mucho mejor.