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Vídeo destacado de Bob Avakian de la semana (con una traducción al español):

El Partido Republicano se ha vuelto un partido fascista que se apoya abiertamente en la supremacía blanca

La traducción al español:

Y, en Estados Unidos, con su historia de genocidio, esclavitud y racismo, cualquier forma de fascismo, incluido uno cuya base sea “supremacía cristiana” —todo impulso de “recuperar una grandeza del pasado”— necesariamente está entrelazado con supremacía blanca.

El Partido Republicano ha estado moviéndose en una dirección fascista desde fines de los años 60, con más saltos desde ese tiempo, haciéndose más y más abiertamente fascista. 

En su campaña por la presidencia en 1968, Richard Nixon adoptó lo que se ha llamado “La estrategia del Sur” en la que ha persistido el Partido Republicano desde ese entonces. Este es un llamado directo a la supremacía blanca — al racismo de los blancos en particular (pero no sólo) en los estados del Sur, que están llenos de rabia porque la gente negra no se quiere “quedar sumisa”. 

El Partido Republicano no es “el partido de Lincoln” — como a veces demagógicamente dice ser, se ha convertido en el partido de la Confederación

Con Ronald Reagan, el Partido Republicano dio otro salto en el camino del fascismo. Reagan, muy a propósito, comenzó su campaña por la presidencia en 1980 en Filadelfia, Misisipí, el lugar donde, en 1964, tres luchadores por los derechos civiles fueron secuestrados y brutalmente asesinados por supremacistas blancos. En Filadelfia, Misisipí, Reagan proclamó su apoyo por “los derechos de los estados”, algo que, especialmente en el Sur, desde hace mucho han sido palabras cifradas que significan azuzar a turbas de supremacistas blancos que linchan gente negra. 

Y después de que George W. Bush llevó las cosas aún más por el rumbo del fascismo —incluso con el uso abierto de la tortura, y la promoción activa del fundamentalismo cristiano—, el régimen de Trump y Pence ha dado el salto hacia al fascismo total. 

Hay una línea directa que conecta la Confederación esclavista de los años 1860 con los fascistas de hoy, y una conexión directa entre su supremacía blanca, su franco odio y repudio tanto a la gente LGBT como también a las mujeres, su repudio abierto a la ciencia y al método científico, su cruda xenofobia tipo “Estados Unidos Ante Todo”, y su proclamada “superioridad de la civilización occidental”, y su belicoso uso del poderío militar, incluso con sus declaraciones y abiertas amenazas de que están dispuestos a usar armas nucleares para destruir países. 

Otra terrible verdad que tenemos que enfrentar — es que en el contexto de las profundas y agudas contradicciones que se están dando o que están volviendo a darse de formas que están desgarrando el propio tejido social de Estados Unidos y ensanchando las grietas en sus cimientos, al mismo tiempo que el imperio estadounidense se enfrenta con desafíos serios a nivel internacional, el fascismo es una de las posibles formas de resolver todo esto bajo los términos de este sistema y su clase dominante, aunque todo esto sea un horror para la humanidad.

Pese a que la Constitución sí instituye la separación entre iglesia y estado, y los fascistas cristianos erran o mienten cuando insisten en que los documentos fundacionales de Estados Unidos lo establecen como una nación cristiana — la realidad es que el cristianismo siempre ha sido la religión de estado no oficial de Estados Unidos, y la identidad de Estados Unidos en toda su historia ha sido la de una “nación cristiana blanca”, basada en la supremacía masculina y la supremacía blanca, e impulsada por un “destino manifiesto” de dominar no solo el continente norteamericano, sino todo el mundo. Todo esto se ha cuestionado y ha sido el centro de una intensa lucha desde los 60, y de maneras importantes desde la Guerra Civil. Aunque acontecimientos internacionales, como la desaparición de la Unión Soviética, le han dado un mayor ímpetu a la globalización de la economía capitalista mundial, esta globalización muy aumentada ha impulsado cambios que han agudizado las contradicciones en Estados Unidos y en el mundo, en particular con una emergente China capitalista que le planta cara al dominio económico mundial estadounidense, a la vez que esta globalización aumentada, en condiciones de la dominación del imperialismo occidental, ha provocado caos en países en todo el tercer mundo, como en Medio Oriente (y otros lugares donde el islam es la religión dominante), echando más leña a un virulento fundamentalismo islámico que le ha declarado la guerra a un “Occidente decadente”, a los “infieles” y otros orientados hacia Occidente y que facilitan su dominación imperial. 

Para conseguir cualquier solución positiva a todo esto, incluso sin abolir y superar todo este sistema, es necesario y crucial romper con la “rutina” y el “funcionamiento normal” del proceso político. 

Paul Krugman, ganador de un Premio Nobel de economía, escribió recientemente: ante la severidad de la crisis climática en aumento, los que hoy nos gobiernan pueden terminar destruyendo la civilización por su deliberada ignorancia y oposición al método científico. Esto lo dijo con mucha seriedad, y es algo gravemente serio. En “Una pregunta, un reto para Paul Krugman, y todos aquellos que se preocupan por el futuro de la humanidad”, recalqué la importancia de negarse a “esperar que de alguna manera el ‘funcionamiento normal’ de un proceso que ha conducido a estas personas a su posición dominante impida que actúen de acuerdo con su ‘ignorancia deliberada’, y cosas peores”. Pero, ¿por qué tanta gente tercamente aún se aferra a tales falsas esperanzas? 

Thomas Frank es un autor liberal, de un libro con un título pegadizo, ¿Qué pasa con Kansas?: Cómo los ultraconservadores conquistaron el corazón de Estados Unidos. Aunque la cuestión más importante es, ¿qué pasa con los liberales

En primer lugar, es importante diferenciar entre los “liberales” de la clase dominante y los liberales “del común”. Más adelante abordaré qué pasa con los “liberales” de la clase dominante. En cuanto a los que no son parte de la clase dominante, lo que pasa con ellos es que, aunque están dispuestos a admitir que hay problemas reales en Estados Unidos y quisieran tener una sociedad y mundo más justo, muchos se resisten a reconocer la naturaleza sistemática y sistémica de las injusticias, y temen que una resuelta lucha en contra desate conflictos, trastornos y caos. Pese a que sí tienen una idea de los horrores que representa el régimen de Trump y Pence, muchísimos están atrapados pensando así: “Tengo esperanza, y al quedarme dentro de las ‘normas’ establecidas, apuesto a la esperanza de que los horrores no me golpeen a mí ni a los que más me importan”. Esta posición —hay que decirlo— es moral y políticamente ruin, y solo contribuirá a un desastre inminente. Antes había un dicho muy común de que para una persona de la derecha, el orden es más importante que la justicia, mientras para alguien de la izquierda, es todo lo opuesto. Hoy se les presenta una pregunta directamente a los liberales, y realmente a todos: ¿cuál de las dos cosas, después de todo, es más importante? ¿El orden, aunque sea el orden del fascismo, con todo lo que eso implica? ¿O la justicia, aunque eso signifique salirnos de nuestra “zona de seguridad y comodidad”, y que nos pongamos al frente de la batalla para impedir que este fascismo consolide su dominio e implemente su programa completo?

Otra peligrosa ilusión es la noción de que, en particular para el pueblo negro, lo que está pasando hoy es más de lo mismo. Sí, la historia de este país es la historia de atrocidades indecibles contra el pueblo negro, y contra otros — pero a lo que nos enfrentamos hoy con este régimen fascista es la mayor posibilidad, no solo que se lleve esta opresión a extremos genocidas y que las masas populares del mundo sufran horrores sin precedentes, sino la exterminación de la especie humana en sí.

Al enfrentar y actuar para impedir esto, el chovinismo pro estadounidense es uno de los mayores obstáculos que se interpone en el camino y lastra a la gente: la asquerosa noción de que Estados Unidos y los estadounidenses son mejores y más importantes que los demás. Esto es un veneno que contagia a amplios sectores de la población en Estados Unidos, incluso entre los más fuertemente oprimidos, y hace mucha falta que la gente rompa con este chovinismo pro estadounidense.