Con el inicio de la Gran Depresión, se disparó el apoyo popular al Partido Nazi en Alemania. En 1928, los nazis solo obtuvieron un 2,6% de los votos. Pero en septiembre de 1930, el porcentaje de votos de los nazis ya había aumentado a un 18,3%. Luego, en julio de 1932, los nazis obtuvieron un sorprendente 37,3% de los votos, así llegando a ser el partido más grande en el Reichstag (parlamento) alemán con 230 diputados. Con el aumento de sus votos, junto con la presencia de sus tropas de asalto en las calles, los nazis parecían imparables.
Hitler y los industriales de las minas del carbón, 10 de marzo de 1932.
Pero la oposición a los ultrajes nazis también creció, y ocurrió lo que parecía un milagro. En noviembre de 1932 se celebraron nuevas elecciones y el voto a favor de los nazis se desplomó a un 33,1%, lo que supuso una pérdida de 34 escaños en el Reichstag. Una euforia generalizada se apoderó de las fuerzas antifascistas. ¡Se había dado un giro! ¡Que no eran imparables los nazis! ¡No cabía duda de que las fuerzas a favor de la democracia prevalecerían en las próximas elecciones!
Dos meses y medio después, Adolf Hitler fue nombrado canciller (primer ministro). Poco después, proscribieron todos los partidos de la oposición, y se abrió el primer campo de concentración para prisioneros políticos: Dachau en Baviera, Alemania.
Este pequeño fragmento de historia debería hacer reflexionar a aquellos que están entusiasmados ante los recientes resultados electorales en Estados Unidos.
Claro que el Estados Unidos de la década de 2020 no es la Alemania de la década de 1930. Pero los fascistas todavía son fascistas. Donald Trump, JD Vance, Pete Hegseth y Stephen Miller no tienen ninguna intención de permitir que el poder político nacional caiga en manos de los demócratas ni de ninguna otra fuerza de oposición. El equipo de Trump y MAGA cree que únicamente aquellos que defienden los “valores tradicionales estadounidenses” (supremacía blanca, supremacía masculina, supremacía cristiana, xenofobia, roles de género tradicionales y el dominio global estadounidense) son dignos de gobernar. Y cuentan con el apoyo de un grupo de multimillonarios.
Al igual que en noviembre de 1932, el tiempo que nos queda ahora es muy corto. Entre los muchos millones de personas que se oponen a los fascistas de Trump y MAGA hay personas con opiniones muy diferentes sobre cómo debería ser un futuro decente. Pero la cuestión es esta: ninguno de nosotros conseguirá ninguno de esos futuros a menos que se impida a las fuerzas de Trump y MAGA consolidar su dominio fascista. Todos aquellos que quieran ver una vida decente para las generaciones del futuro deben reunirse en estos momentos y unirse como un todo con la demanda común de que ¡Se Largue Trump Ya!
Eso se puede hacer: negándonos a ceder el futuro y nuestra humanidad a un maníaco fascista vengativo. Que millones de personas se pongan de pie en protesta y resistencia masiva, implacable y no violenta — que se congreguen en Washington D.C. Que desafíen y rechacen cumplir los dictados fascistas. Que abandonen clases. Que se paralice todo. Que utilicemos de manera intrépida nuestras plataformas e influencia para inspirar y retar a otros a unirse a nosotros.
En este momento, esperar, y cifrar nuestras esperanzas, a unas elecciones amañadas de antemano que están por celebrarse es exponernos al desastre.